lunes, 4 de enero de 2010

Dinámica tecnológica, innovaciones y crecimiento desigual

Dinámica tecnológica, innovaciones y crecimiento desigual.-

Nadie objeta que los nuevos conocimientos constituyen el factor principal para la mejora del nivel de vida. El desacuerdo empieza cuando hay que modelar ese proceso. A este respecto daremos por buena la explicación de Joseph Schumpeter; para él, las auténticas fuerzas impulsoras del crecimiento económico son los inventos y las innovaciones que se generan cuando esos inventos se introducen en el mercado como nuevos productos o procesos. Las innovaciones crean una demanda de inversion e inyectan vida y valor en un capital que de otro modo resultaría estéril. Volviendo a la metáfora de los perros que intercambian huesos de Adam Smith: para ellos el capital serían huesos enterrados para su consumo futuro, pero ese capital no sería capaz de producir más huesos, ni -como producto de innovaciones y el conocimiento que se precisa para utilizarlas, ya se trate de carne enlatada para perros o abrelatas, fueron externalizados, esto es, producidas fuera de lo que la teoría pretende explicar. El reto consiste en reintroducirlos y al mismo tiempo liberarse de la hipótesis de la igualdad, permitiendo la heterogeneidad y otras variables clave que estamos examinando aquí.

Las innovaciones llegan en distintos paquetes y en distintos tamaños. Un ejemplo de una pequeña innovación es la película Tiburón 4 comparada con Tiburón 3, pero hay innovaciones mucho más trascendentales, como el transistor que arruinó el mercado de las válvulas de radio y alteró la cadena de valor en todo un sector, creando unn gran número de productos que no existían antes. Es muy poco frecuente que grandes oleadas de innovación se extienda a toda la sociedad creando importantes discontinuidades o rupturas en el desarrollo tecnológico. A principios de la década de 1980 Carlota Pérez y Christopher Freeman llamaron a esas grandes oleadas de innovación cambios de paradigma tecnoeconómico.

Un cambio de paradigma tecnoeconómico es trascendental porque modifica la tecnología general que subyace a todo el sistema productivo, como sucedió por ejemplo con la máquina de vapor o con el ordenador. En ese sentido los cambios de paradigma se parecen a los cambios tecnológicos ya mencionados, como cuando el cobre y el bronce desplazaron a las piedra como material con el que los seres humanos fabricaban sus instrumentos, poniendo fin así a la Edad de Piedra. Tales mudanzas en la tecnología básica tienden a modificar las cadenas de valor en prácticamente todas las ramas de la industria, como hicieron la máquina de vapor y los ordenadores. Tales innovaciones dan lugar a lo que Schumpeter llamaba “destrucción creativa”: aparecen nuevos sectores industriales con montones de nuevos productos, mientras que los viejos desaparecen debido a una pauta de demanda totalmente nueva, y se producen cambios radicales en los procesos de producción de casi todos los sectores. El desarrollo económico sustituye más de un tipo de producto, como los carruajes tirados por caballos, por algo totalmente nuevo, los automóviles. También cambia la forma de producir, el “modo de producción”, como en la transición de la industria doméstica a las fábricas. Sin embargo, hasta el siglo XX la agricultura no solía verse apenas afectada por lo cambios en el “sentido común”. Poco después de que hombres y mujeres dejaran de trabajar en casa para acudir a trabajar en enormes fábricas, la actitud hacia los cuidados sanitarios también cambió radicalmente. Ya no nacíamos, nos curábamos de las enfermedades y no moríriamos en casa, sino que hospitales parecidos a las grandes fábricas se hacían cargo de esas tareas.

También se modifican los problemas del medio ambiente: a finales del siglo XX las enormes cantidades de estiércol de caballo suponían una amenaza para la salud de los habitantes de las ciudades; ahora los humos de escape de los automóviles desempeñan un papel similar. Las innovaciones aparecen en un primer momento como elementos extraños en el viejo sistema, creando desajustes entre las viejas instituciones y las exigencias de las nuevas tecnologás. La inercia frena el proceso de cambio; no olvidemos lo viejo con suficiente rapidez para dejar espacio a lo nuevo. Los desajustes en el parendizaje entre las viejas y las nuevas generaciones contribuyen también a frenar un cambio tecnológico radical. Nietzsche describe de forma muy poética una inercia institucional en la que primero cambian las ideas y opiniones y las instituciones sólo pueden seguirlas mucho más lentamente. “El derrocamiento de las instituciones no sigue inmediatamente al de las opiniones, sino que las nuevas opiniones viven durante mucho tiempo en el hogar desolado y extrañamente irreconocible de sus predecesoras e incluso lo preservan, ya que necesitan algún tipo de cobijo”.

Al igual que en la transición de la Edad de Piedra a la Edad de Bronce, los paradigmas tecnoeconómicos se pueden considerar como formas nuevas y radicalmente diferentes de elevar el nivel de vida. Hacia el final de cada época queda claro que la antigua trayectoria tecnológica “se ha quemado”, que ha dado todo lo que podía ofrecer. Cuando se pulió el hacha de piedra perfecta, el final de la Edad de Piedra se pudo tomar equivocadamente por “el Fin de la Historia”. No quedaba margen para mejoras, no había ningún sitio adonde ir sin un cambio muy radical.

En la historia moderna podemos distinguir cinco de esa formas de elevar el nivel de vida, cada una de las cuales dominó un largo periodo.
Una característica fundamental de cada cambio de paradigma es un nuevo recurso barato que parece disponible en cantidades aparentemente ilimitadas y con precio rápidamente decreciente, como experimentamos hoy día con la microeléctrica. Lo más especial en los cambios de paradigma tecnoeconómico -lo que los dintingue de otras grandes innovaciones- es que esas grandes oleadas de innovación alteran la sociedad mucho más allá de la esfera que solemos denominar “economía”, llegando a trastocar incluso nuestra visión, por ejemplo, de la geografía y los asentamientos humanos. El industrialismo también mudó nuestras estructuras políticas, y el declive de la producción en masa está volviendo a hacerlo. Los cambios de paradigma también van acompañados de cambios en las relaciones de poder mundiales; los líderes económicos bajo un paradigma no tienen por qué seguir siéndolo cuando éste cambia.

Gran Bretaña alcanzó la cúspide de su poder bajo el paradigma de la máquina de vapor y el ferrocarril, Alemania y Estados Unidos se pusieron a la cabeza durante la época de la electricidad y la industria pesada, y Estados Unidos se convirtió en líder indiscutido durante la época fordista.

El fenómeno subyacente más importante en un cambio de paradigma es la “explosión de productividad” que se da en la industria principal. Se muestra la que produjo en el hilado del algodón bajo el primer cambio de paradigma tecnoeconómico. La política colonial pretende principalmente impedir que en las colonias se desarrollen sectores industriales con esas características. Históricamente, los argumentos para proteger las industrias con tal explosión de productividad -en favor de la protección arancelaria del principal portador del paradigma- fueron muchas: el sector creaba empleo para una población creciente, propiciaba salarios más altos, resolvía problemas en la balanza de pagos, aumentaba la circulación monetaria y -lo que era importante para todos los gobiernos- se podía cargar con impuestos mucho más altos a los buenos artesanos y propietarios de fábricas que a los agricultores, que solían ser pobres. Particularmente en Estados Unidos se comentó, desde Benjamin Franklin hasta Abraham Lincoln, que la industria manufacturera en general abaratabas los artículos que precisaban los granjeros. Es evidente que tales explosiones de productividad se transmiten al mercado laboral en forma de salarios más altos y precios más bajos; el efecto combianado es asombroso.
Se puede ilustrar el efecto de un cambio de paradigma sobre los salarios mediante el ejemplo de la transición de la vela de vapor en Noruega...

Los beneficios que la iniciativa empresarial aporta a la sociedad son en realidad un efecto secundario no intencionado del afán de enriquecerse del empresario. Quienes obtienen beneficios introduciendo nuevas tecnologías son mucho más importantes para un país que el naviero que posiblemente obtuvo mayores ganancias manteniendo con vida la construcción de veleros. Se trata de los mismos principios que aplicó Enrique VII de Inglaterra cuando llegó al poder en 1485 y que se han podido observar en países como Irlanda y Finlandia durante los últimos veinte años.
Las explosiones de productividad y el aumento extremadamente rápidamente de ésta en determinado sector industrial actúan como catapultas, elevando rápidamente el nivel de vida. Sin embargo, éste puede mejorar de dos formas diferentes: porque recibimos salarios más altos o porque las cosas que compramos nos cuestan menos. Cuando nos hacemos más ricos porque los precios caen, hablaré de modelo “clásico”, porque ésa es la única cosa que los economistas neoclásicos suponen que sucederá. En realidad, el panorama es más complicado. Podemos llamar “difusivo” al modelo alternativo, porque en él los frutos del desarrollo tecnológico se dividen entre: a) empresarios e inversores, b) trabajadores, c) el resto del mercado laboral local, y d) el Estado, gracias a la base impositiva más amplia. Todo esto exige un examen más detallado.

a) El auténtico incentivo para las inversiones que conducen al aumento de la productividad será en general el beneficio que se puede obtener, por lo que tenemos que suponer que una parte del aumento de productividad se retirará bajo esa forma. Los primeros empresarios afortunados suelen obtener elevados beneficios, que más adelante se reducen al afluir a ese nuevo campo numerosos emuladores.
b) Igual que en el ejemplo de la transición de la vela al vapor, parte del aumento de productividad dará lugar a salarios más altos para los empleados del sector. Esto se puede deber al hecho de que las nuevas habilidades necesarias son escasas, o al poder de los sindicatos. A veces, como cuando Henry Ford duplicó los salarios de sus obreros en 1914, puede haber un empresario lo bastante espabilado como para darse cuenta de que necesita a sus propios obreros como clientes, por lo que le interesa que ganen más. Por supuesto, sólo en circunstancias especiales, como las explosiones de productividad, puede una empresa duplicar los salarios y aun así sobrevivir.
c)Como observó el rey Enrique VII de Inglaterra, la nueva tecnología se difundirá por todo el mercado laboral local (y poco a poco nacional), como consecuencia del mayor poder de compra surgido en los sectores donde se produce el cambio tecnológico, y también de la amplitud limitada de las diferencias salariales en un mercado laboral determinado. Un aumento salarial en el sector que experimenta la explosión de productividad inducirá automáticamente una subida de todos los salarios. El trabajo de los barberos ha experimentado pocos aumentos de productividad desde los tiempos de Aristóteles, pero sus salarios en los países industrializados se ha mantenido -atravesando varias explosiones de productividad- más o menos a la par con los salarios de los obreros industriales. En los países sin explosiones de productividad los barberos ha seguido sindo tan pobres como sus paisanos. Una orquesta filarmónica no toca el “vals del minuto” con mayor eficiencia que en tiempos de Chopin, pero los salarios de sus músicos han aumentado considerablemente desde entonces. Los términos de intercambio entre el corte de pelo y la música por un lado y los productos industriales por otro -entre los que trabajan donde no hay aumentos espectaculares de productividad y los que lo hacen en el sector donde se producen la explosión de productividad- han mejorado notablemente en favor de los peluqueros y músicos. Por el mismo corte de pelo o el mismo “vals del minuto”, los peluqueros o músicos de los países ricos pueden adquirir muchos más productos industriales que hace doscientos años. Sin embargo, los peluqueros y músicos de los países pobres -aunque sean tan eficientes como los de los países ricos- siguen siendo muy pobres. Lo mismo sucede en la mayoría de las ocupaciones, en particular en el sector servicios: los trabajadores de los países pobres son tan eficientes como los de los países ricos, pero la diferencia entre sus salarios reales es enorme. Lo que llamamos “desarrollo económico” es, con otras palabras, una especie de renta de monopolio en la producción de bienes y servicios avanzados, en la que los países ricos se emulan mutuamente saltando de una explosión de productividad a la siguiente.
d) En una versión en dibujos animados de las aventuras de Robin Hood, el sheriff de Nottingham, para aumentar la recaudación de impuestos, ordena colgar a los pobres granjeros por los pies y sacudir hasta el último penique de sus bolsillos. Los ministros de Hacienda europeos no tardaron mucho en descubrir que una forma mucho más fácil de llenar sus arcas consistía en aumentar la base impositiva fomentando la industria. La gente que trabajaba con máquinas aumentaba enormemente su productividad y podía pagar más impuestos que los que trabajaban en el campo. El aumento de la base impositiva permitía a los países ricos ampliar la red de la seguridad social, las infraestructuras y los sectores educativo y sanitario. Así pues los ministros de Hacienda recomendaban emular las estructuras productivas de los países ricos e incorporarse al industrialismo.
Los factores a)-d) dan lugar al “modo difusivo”, lo que explica por qué en los países industriales -con frecuentes explosiones de productividad- los salarios aumentaron continuamente comparados con los de los países pobres (las colonias). Aunque éstas sean ahora, en teoría, países independientes, en la práctica se les impide, como cuando eran colonias, utilizar las estrategias de emulación empleadas por los países ricos, sólo que ahora mediante las “condiciones” de las instituciones de Washington. Después de los Estados “naturalmente ricos” -Venecia, Holanda, las pequeñas ciudades-Estado sin agricultura- es imposible encontrar ejemplos de países que hayan adquirido un sector industrial sin un largo periodo de fijación de objetivos, apoyo y/o proteccionismo. La única vez que Adam Smith menciona “la mano invisible” en La Riqueza de las Naciones es después de haber alabado la política inglesa de altos aranceles en las Leyes de Navegación, y entonces añade que tras esa política proteccionista es como si una mano invisible hubiera impulsado a los consumidores ingleses a comprar productos industriales ingleses. La mano invisible no sustituyó en realidad a los altos aranceles hasta que la industria manufacturera, tras un largo periodo, resultó internacionalmente competitiva. Leyendo a Adam Smith de esa manera es posible argumentar que era un mercantilista mal entendido. Para él el punto clave era el ritmo con el que se iba imponiendo el libre comercio. Vale la pena señalar que entre Enrique VII y Adam Smith hubo tres siglos de rigurosa protección arancelaria.

El colonialismo es sobre todo todo un sistema económico, un tipo peculiar de integración económica entre distintos países. Lo menos importante es la calificació políticia que se le dé, ya sea la independencia nominal y el “libre comercio” o cualquier otra cosa. Lo que importa es qué tipo de bienes fluyen y en qué dirección. Ateniéndonos a la clasificación antes expuesta, las colonias son naciones que se especializan en el mal comercio, en exportar materias primas e importar productos de alta tecnología, ya se trate de productos industriales o de servicios intensivos en conocimientos. Más adelante veremos que en la agricultura también se pueden distinguir productos típicos de los países ricos (mecanizables) y productos de las colonias (no mecanizables).

En los países ricos también se constata la misma diferencia entre los niveles salariales de la industria y de la agricultura. Aunque la mayoría de los habitantes de Europa fueran todavía agricultores y ganaderos, en las obras de Marx y los primeros socialistas no se les menciona apenas; era entre los obreros industriales donde se descubría la pobreza más sobrecogedora, ya que la pobreza urbana tiene a menudo un aspecto más miserable que la rural. Cuando los obreros urbanos, con un creciente poder político, pudieron presentar sus demandas de salarios más altos y se beneficiaron de la mayor productividad en la industria, fueron los agricultores los que quedaron económicamente atrás. Los industriales, y también paulatinamente los obreros urbanos, gozaban de la protección de su gran poder de mercado, podían mantener los precios altos y evitar una “competencia perfecta”. El industrialismo consolidó así lo que John Kenneth Galbraith llamaba “el equilibrio de poderes compensados”, esto es, un sistema en el que la riqueza se basa en una competencia extremadamente imperfecta tanto en el mercado laboral como en el de productos físicos. El industrialismo era un sistema basado en una triple manipulación del mercado por parte de los capitalistas, los obreros y el Estado. La competencia perfecta de los textos de economía sólo se daba en el Tercer Mundo.

Alrededor de 1900 el sistema de bienestar europeo y el triple poder compensado en la industria había mejorado considerablemente la suerte de los obreros industriales. Poco a poco se fue configurando la idea de que no sólo se podía explotar a los obreros industriales, sino que las ciudades tembién podrían explotar a los obreros industriales, sino que las ciudades también podrían explotar a los agricultores. Esto llevó a plantear que también había que proteger la renta de los agricultores frente a la competencia de los agricultores de países más pobres, o de los que trabajaban en mejores climas. La protección de los productos agrícolas surgió pues de una lógica totalmente diferente a la de los aranceles industriales, que formaban parte de una estrategia ofensiva para fomentar el buen comercio, emular la estructura industrial de los países más ricos y orientar el sector productivo de cada país hacia las áreas en las que tenían lugar las explosiones de productividad, ya fueron tejidos de algodón, ferrocarriles o autómoviles. Los aranceles sobre productos agrícolas constituyen en cambio una estrategia defensiva con el objetivo de proteger a los agricultores pobres de los países industrializados frente a agricultores aún más pobres de los países pobres.




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innovación en técnicas de genética humanas

Técnicas de genética humanas.-

Desde esta perspectiva, las dos controvertidas innovaciones ya nos muestran, desde su estadio inicial, cómo podría cambiar nuestro modo de vida si las intervenciones de técnica genética modificadoras de marcas características (emancipadas del contexto terapéutico de acciones dirigidas a particulares) fueran algo acostumbrado. Entonces ya no podría excluirse que con intervenciones eugenésicas perfeccionadoras hubiera intenciones “ajenas”, y fijadas genéticamente, que tomaran posesión de la biografía de la persona programada. En tales intenciones, hechas realidad instrumentalmente, no se expresarían personas respecto a las cuales las personas efectadas pudieran adoptar la posición de alguien a quien se ha dirigido la palabra. Por eso nos inquieta la pregunta de si, y cómo, un acto cosificador de este tipo afectaría a nuestro poder ser sí mismo y a nuestra relación con los demás. ¿Podríamos entendernos todavía como personas que se comprenden como autores indivisos de sus vidas y que salen al encuentro de todos los demás sin excepción como personas de igual condición? Dos presupuestos esenciales para la ética de la especie y para nuestra autocomprensión moral están en juego.

Esta circunstancia sólo agudizará esta controversia mientras aún tengamos un interés existencial en pertenecer a una comunidad moral. No es obvio que deseemos asumir el estatus de miembro de una comunidad que exija el mismo respeto para cada cual y responsabilidad solidaria para todos. Que debemos actuar moralmente está incluido en el sentido mismo de la moral (concebida deontológicamente). Pero ¿por qué deberíamos querer ser morales si la biotécnica calladamente se deslizara en nuestra identidad como especie? Una valoración de la moral en total no es ella misma un juicio moral sino un juicio ético, un juicio de ética de la especie.

Sin el motor de los sentimientos morales de la obligación y la culpa, y el reproche y el perdón, sin el liberador respeto moral, sin el gratificante apoyo solidario y la presión de la prohibición moral, sin la “amabilidad” de un trato civilizado con el conflicto y la contradicción, el universo habitado por seres humanos nos resultaría, así lo vemos todavía hoy, insoportable. Una vida en el vacuum moral, en una forma que ni siquiera conociera el cinismo moral, no merecería vivirse. Este juicio expresa simplemente el “impulso” de preferir una existencia digna de seres humanos a la frialdad de una forma de vida a la que no afecten las contemplaciones morales. El mismo impulso explica el tránsito histórico al nivel postradicional de la consciencia moral, tránsito que se repite en la ontogenesia.

Una vez las imágenes religiosas y metafísicas del mundo perdieron su fuerza de vinculación general, si no nos convertimos (o la mayoría de nosotros) en fríos cínicos o en relativistas indiferentes después del tránsito a un pluralismo cosmovisivo tolerado, fue porque nos atuvimos -y quisimos atenernos- firmemente al código binario de los juicios morales correctos y los juicios morales equivocados. Hemos trasladados las prácticas del mundo de la vida y de la comunidad política a premisas de la moral racional y de los derechos humanos porque ofrecen una base común para una existencia humanamente digna más allá de las diferencias cosmovisivas. Quizá la resistencia afectiva a una temida modificación de la identidad de la especie se deba a motivos parecidos (y justificados).
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Tengo la impresión de que todavía no hemos reflexionado lo bastante a fondo. El nexo, sobre todo, entre la indisponibilidad de un comienzo contingente de la biografía y la libertad de configurar la vida éticamente requiere una penetración analítica más profunda.
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dignidad humana versus dignidad de la vida humana.-

El debate filosófico en torno a la admisibilidad de la investigación consumidora de embriones y el DPI se ha movido hasta ahora en la estela de la discusión sobre el aborto.
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Esta especie de controles de calidad deliberados (renunciar a la implantación del embrión si éste no cumple determinados estándares de salud) pone en juego un nuevo aspecto del asunto: la instrumentalización de una vida humana engendrada con reservas por preferencias y orientaciones de valor de terceros. La decisión seleccionadora se orienta a una composición deseable del genoma. La decisión sobre la existencia o la no existencia se toma según el potencial ser así. La decisión existencial de interrumpir un embarazo tiene tan poco que ver con este hacer disponibles las marcas características, con este cribar la vida prenatal, como con el consumo de esta vida con fines investigadores.

A pesar de estas diferencias, hay una enseñanza que sí podemos extraer del debate sobre el aborto, un debate que se ha sostenido durante décadas con gran seriedad: el fracaso de todo intento de llegar a una descripción cosmovisivamente neutral (o sea, que no prejuzgue) del estatus moral de la vida humana incipiente, una descripción que sea aceptable para todos los ciudadanos de una sociedad secular. Una de las partes describe el embrión en un estadio de desarrollo temprano como un “montón de células”, contraponiéndolo a la persona del recién nacido, al cual sí corresponde la dignidad humana en un sentido moral estricto. La otra parte contempla la fecundación del óvulo humano como el comienzo relevante de un proceso de desarrollo ya individuado y regido por sí mismo. Viendo las cosas de esta manera, todo ejemplar biológicamente determinable como perteneciente a la especie debe ser considerado como potencial persona y portador de derechos fundamentales. Ambas partes parecen omitir que algo puede ser considerado como “indisponible” aunque no tenga el estatus de persona portadora de derechos fundamentales inalienables según la constitución. No sólo es “indisponible” lo que tiene de dignidad humana. Algo puede sustraerse a nuestra disposición por buenas razones morales sin ser “inviolable” en el sentido de tener derechos fundamentales ilimitados o absolutamente válidos (que son constitutivos dela “dignidad humana” según el artículo 1º de la Constitución).

Si el debate sobre la atribución de la “dignidad humana” garantizada constitucionalmente pudiera decidirse con razones morales que obligasen, las profundas cuestiones antropológicas que suscita la técnica genética no rebasarían el ámbito de las cuestiones morales corrientes. Ahora bien, los supuestos ontológicos fundamentales del naturalismo cientificista, según los cuales el nacimiento aparece como una cesura relevante, no son de ninguna manera más triviales o “más científicos” que los supuestos de fondo metafísicos o religiosos, que sugieren de hacer un corte tajante, moralmente relevante, en cualquier punto entre la fecundación o la fusión de núcleos celulares por una parte y el nacimiento por otra, tiene algo de arbitrario, ya que primero la vida sensitiva y después la personal se desarrollan con gran continuidad a partir del comienzo orgánico. Pero si no me equivoco, esta tesis de la continuidad más bien habla contra ambos intentos de sentar con enunciados ontológicos un comienzo “absoluto” vinculante también desde un punto de vista normativo. ¿Acaso no es arbitrario disolver la ambivalencia -justificada por un fenómeno- de nuestros sentimientos e intuiciones evaluativos -que cambian paso a paso según se refieran a un embrión en un estadio de desarrollo temprano y medio o a un feto en estadio avanzado- a favor de una u otra parte por medio de estipulaciones moralmente unívocas? Sólo sobre la base de una descripción cosmovisiva de los estados de cosas que las sociedades pluralistas debaten racionalmente, puede conseguirse llegar a una determinación precisa del estatus moral, ya sea en el sentido de la metafísica cristiana o en el del naturalismo. Nadie duda del valor intrínseco de la vida humana antes del nacimiento, se la denomine “sagrada” o se rechace esta “sacralización” de lo que es un fin en sí mismo. Pero la sustancia normativa de la protegibilidad de la vida humana prepersonal no encuentra una expresión racionalmente aceptable paa todos los ciudadanos ni en el lenguaje objetivante del empirismo ni en el lenguaje de la religion.
En el debate normativo de una esfera pública democrática sólo cuentan, al fin y al cabo, los enunciados morales en sentido estricto. Sólo los enunciados cosmovisivamente neutrales sobre lo que es por igual bueno para todos y cada uno pueden tener la pretensión de ser aceptables para todos por buenas razones. La pretensión de aceptabilidad racional diferencia los enunciados sobre la solución “justa” de los conflictos de acción de los enunciados sobre lo que es “bueno” “para mí” o “para nosotros” en el contexto de una biografía o de una forma de vida compartida. De todos modos, este sentido específico de las cuestiones que respectan a la justicia admite una conclusión sobre el “fundamento de la moral”. Considero que esta “determinación” de la moral es la clave apropiada para responder a la pregunta de cómo podemos determinar el universo de posibles portadores de derecho y deberes morales independientemente de determinaciones ontológicas controvertidas.

La comunidad de seres morales que se dan a sí mismos sus leyes se refiere a todas las circunstancias que requieren regulación normativa con el lenguaje de los derechos y los deberes, pero sólo los miembros de esta comunidad pueden obligarse recíprocamente y esperar los unos de los otros comportamientos conformes a normas. Los animales se beneficiaran de los deberes morales que tenemos que respetar al tratar con criaturas que pueden sufrir por mor de ellas mismas. Con todo, no pertenecen al universo de los miembros que se dirigen mutuamente mandatos y prohibiciones reconocidos intersubjetivamente. Como deseo mostrar, la “dignidad humana” en estricto sentido moral y legal está ligada a esta simetría de las relaciones.
No es una propiedad que se “posea” por naturaleza como la inteligencia o los ojos azules, sino que, más bien, destaca aquella “inviolabilidad” que únicamente tiene algún significado en las relaciones interpersonales de reconocimiento recíproco, en el trato que las personas mantienen entre ellas. No utilizo “inviolabilidad” como sinónimo de “indisponibilidad”, porque el precio a pagar por una respuesta posmetafísica a la pregunta de qué trato debemos dar a la vida humana prepersonal no puede ser la determinación reduccionista del ser humano y la moral.

Entiendo el comportamiento moral como una respuesta constructiva a las dependencias y necesidades derivadas de la imperfecta dotacion orgánica y la permanente fragilidad de la existencia humana (especialmente clara en los periodos de infancia, enfermedad y vejez). La regulación normativa de las relaciones interpersonales puede entenderse como una envoltura protectora porosa contra las contingencias a las que se ven expuestos el cuerpo (Leib) vulnerable y la persona en él encarnada. Los ordenamientos morales son construcciones quebradizas que, ambas cosas en una, protegen a la physis contra lesiones corporales y a la persona contra lesiones interiores o simbólicas. Pues la subjetividad, que es lo que convierte el cuerpo (Leib) humano en un recipiente animado del espíritu, se sustenta sobre las relaciones intersubjetivas con los demás. El sí mismo individual sólo se forja por la vía social del extrañamiento e, igualmente, sólo puede estabilizarse en el entramado de unas relaciones de reconocimiento intactas.

La dependencia de los demás explica la vulnerabilidad del uno con respecto a los otros. La persona, de la manera más desprotegida, se expone a ser herida en unas relaciones que necesita para desplegar su identidad y conservar su integridad (por ejemplo, en las relaciones íntimas de entrega a una pareja). En su versión destranscendentalizada, la “voluntad libre” de Kant ya no es una propiedad de seres inteligibles caída del cielo. La autonomía es más bien una conquista precaria de las existencias finitas, existencias que sólo teniendo presente su fragilidad física y su dependencia social pueden obtener algo así como “fuerzas”. Si éste es el “fundamento” de la moral, de él también se derivan sus “fronteras”. Lo que necesita y es capaz de regulaciones morales es el universo de posibles relaciones de reconocimiento reguladas legítimamente pueden los seres humanos desarrollar y mantener una identidad personal (a la vez que su integridad física).

Dado que el ser humano ha nacido “inacabado” en un sentido biológico y necesita la ayuda, el respaldo y el reconocimiento de su entorno social toda la vida, la incompletud de una individuación fruto de secuencias de ADN se hace visible cuando tiene lugar el proceso de individuación social. Lo que convierte, sólo desde el momento del nacimiento, a un organismo en una persona en el pleno sentido de la palabra es el acto socialmente individualizador de acogerlo en el contexto público de interacción de un mundo de la vida compartido intersubjetivamente. Sólo en el momento en que rompe la simbiosis con su madre el niño entra en un mundo de personas que le salen al encuentro, le dirigen la palabra y hablan con él. El ser genéticamente individuado en el claustro materno no es, como ejemplar de una sociedad procreativa, de ninguna manera “ya” persona. Sólo en la publicidad de una sociedad hablante el ser natural se convierte a la vez en individuo y persona dotada de razón.
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Habermas.-


Así pues, el tema queda circunscrito a la pregunta de si la indisponibilidad de los fundamentos biológicos de la identidad personal puede fundamentar la protección de la integridad de unas disposiciones hereditarias no manipuladas. La protección jurídica podría encontrar expresión en un “derecho a una herencia genética en la que no se haya intervenido artificialmente”. Este derecho, exigido también por la asamblea parlamentaria del Consejo de Europa, no decidiría de antemano la admisibilidad de una eugenesia negativa fundamentada médicamente. Dado el caso, ésta podría limitar legalmente el derecho fundamental a una herencia no manipulada, si la ponderación moral y la formación democrática de la voluntad llevaran a tal resultado.

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La limitación temática a la modificación de los genes deja fuera otros temas biopolíticos. Desde la óptica liberal, las nuevas técnicas reproductivas, así como el transplante de órganos o la muerte asistida médicamente, aparecen como un incremento de la autonomía personal. Muchas veces, las objeciones de los críticos no van dirigidas contra las premisas liberales sino contra determinados aspectos de la reproducción colaborativa, contra las prácticas dudosas en la determinación del momento de la muerte y la extracción de órganos, y contra los efectos colaterales indeseados que tendría sobre la sociedad la organización legal de una eutanasia que quizá sería mejor dejar a la apreciación profesional éticamente regulada. También se discute, por buenas razones, la aplicación institucional de test genéticos y el uso que personalmente se haga del saber que ofrece el diagnóstico genético predictivo.

Es indudable que estas importantes cuestiones bioéticas van asociadas al aumento de la agudeza diagnóstica y al dominio terapéutico de la naturaleza humana, pero lo que constituye un nuevo tipo de desafío es la técnica genética tendente a la selección y modificación de marcas características, así como la consiguiente investigación científica dirigida a futuras terapias genéticas que requiere (y en la que apenas puede distinguirse todavía entre investigación básica y aplicación médica). Ambas ponen a disposición aquella base física “que somos por naturaleza”. Lo que Kant todavía consideraba el “reino de la necesidad” se ha transformado desde la óptica de la teoría de la evolución en un “reio de la casualidad”. Y ahora la técnica genética desplaza las fronteras entre esta base natural indisponible y el “reino de la libertad”. Esta “ampliación de contingencia” que concierne a la naturaleza “interior” se distingue de similares ampliaciones de nuestro espacio de opciones por el hecho de que “modifica la estructura entera de nuestra experiencia moral”.

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Ronald Dworkin.-

Ronald Dworkin lo fundamenta en el cambio de perspectiva que la técnica genética causa en las condiciones, dadas por inamovibles hasta hora, del juicio moral y la acción moral: “Se diferencia entre lo que la naturaleza, evolución incuida, ...ha creado y lo que nosotros hacemos en el mundo con la ayuda de estos genes. En cualquier caso esta diferenciación traza una frontera entre lo que somos y el trato que bajo nuestra propia responsabilidad damos a esa herencia. Esta decisiva frontera entre casualidad y libre decisión constituye la espina dorsal de nuestra moral... Nos da miedo la expectativa de que el ser humano proyecte otros seres humanos porque esta posibilidad desplaza las fronteras entre casualidad y decisión que subyacen en los criterios de nuestros valores”.

Que las modificaciones genéticas eugenésicas puedan modificar la estructura entera de nuestra experiencia moral es una afirmación fuerte. Interprétese como que la técnica genética nos enfrentará en algunos aspectos con cuestiones prácticas que tocan a los presupuestos del juicio moral y la acción moral. El desplazamiento de las “fronteras entre casualidad y libre decisión” afecta a la autocomprensión en total de personas que actúan moralmente y están preocupadas por su existencia. Nos hace ser conscientes de los nexos que hay entre nuestra autocomprensión moral y un trasfondo ético referido a la especie. Que nos contemplemos como autores responsables de nuestra propia biografía y nos respetemos recíprocamente como personas “de igual condición”, también depende en cierta manera de cómo nos comprendamos antropológicamente en tanto que miembros de una especie. ¿Podemos contemplar la autotransformación genética de la especie como un incremento de la autonomía particular o estamos socavando con ello la autocomprensión normativa de personas que guían su propia vida y se muestran recíprocamente el mismo respeto?

Si se trata de la segunda alternativa, no obtenemos inmediatamente un argumento moral contundente pero sí una orientación mediada por la ética de la especie que aconseja la cautela y la abstención. Pero antes de seguir este hilo desearía aclarar por qué es necesario dar un rodeo. El argumento moral (de discutible constitucionalidad) de que el ebrión goza “desde el comienzo” de dignidad humana y protección absoluta de su vida, interrumpe una discusión que no podemos pasar por alto si nos queremos poner políticamente de acuerdo sobre las cuestiones fundamentales con la atención constitucionalmente debida al pluralismo cosmovisivo de nuestra sociedad.
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Lo crecido y lo hecho

Nuestro mundo de la vida está concebido en cierto sentido “aristótelicamente”. En la vida cotidiana diferenciamos sin pensarlo dos veces la naturaleza inorgánica de la orgánica, las plantas de los animales y la naturaleza animal, a su vez, de la naturaleza racional-social del ser humano. La pertinencia de esta división categorial, a la que ya no va unida ninguna pretensión ontológica, se debe al entrecruzamiento de perspectivas y formas de habérselas con el mundo (cruce que puede analizarse siguiendo el hilo de los conceptos aristotélicos fundamentaes). Aristóteles separa la actitud teórica del observador desinteresado de otras dos actitudes: la técnica del sujeto productor, que actúa orientado a metas y que interviene en la naturaleza valiéndose de medios y consumiendo material, y la práctica de las personas prudentes o que actúan éticamente.

Estas últimas salen al encuentro en contextos interactivos, bien en la actitud objetivante de un estratega que juzga las decisiones anticipadas de sus contrincantes desde la óptica de las propias preferencias, bien en la actitud performativa de un agente comunicativo que, en el marco de un mundo de la vida compartido intersubjetivamente, desea entenderse con una segunda persona respecto a algo en el mundo. A su vez, la praxis del campesino que cuida el ganado y labra la tierra, la praxis del médico que diagnostica enfermedades para curarlas y la praxis del criador que criba y perfecciona con arreglo a sus propios fines las propiedades hereditarias de un apoblación, exigen otras actitudes. Lo que todas estas prácticas cláscias de cuidar, curar y criar tienen en común es el respeto por la dinámica propia de una naturaleza que se autorregula. Por ella deben guiarse las intervenciones cultivadoras, terapéuticas o seleccionadoras si no quieren salir mal.

La “lógica” de estos procederes, que en Aristóteles todavía se ceñían a determinadas regiones del ente, ha perdido la dignidad ontológica de abrir los diversos sectores específicos del mundo. En esa pérdida, las ciencias empíricas modernas desempeñaron un importante papel. Al unir la actitud objetivante del observador desinteresado con la actitud técnica de un observador que interviene con la aspiración de que sus experimentos generen efectos, suprimieron el cosmos de la mera contemplación, y habiendo “desanimado” nominalísticamente a la naturaleza, la sometieron a otra clase de objetivación. Tal reconversión de la ciencia, dedicada ahora ahacer disponible técnicamente una naturaleza objetivada, tuvo consecuencias para el proceso de modernización social. La mayor parte de las praxis recibieron en el cuerso de su cientifización la impronta de la “lógica” de la aplicación de tecnologías científicas y fueron reestructuradas.

Es indudable que la adaptación de las formas de producción e intercambio social a los avances científicos-técnicos ha comportado la predominancia de los imperativos de un único proceder: el instrumental. No obstante, la arquitectónica misma de los procederes ha quedado intacta. Hasta ahora, en las sociedades complejas, la moral y el derecho mantienen sus funciones de conducción normativa de la praxis. Claro que el abastecimiento y reactivación de un sistema sanitario dependiente de la industria farmacéutica y la medicina tecnificada, así como la mecanización de la agricultura (racionalizada con criterios económicos-empresariales) han conducido a crisis. Pero éstas, más que liquidar la lógica de la acción médica y del trato ecológico de la naturaleza, la han traído a la memoria. La fuerza legitimadora de los procederes “clínicos” en sentido amplio crece mientras decae su relevancia social. Hoy, la investigación y el desarrollo de la técnica genética se justifican a la luz de objetivos biopolíticos como la nutrición, la salud y la prolongación de la vida. Por eso, suele olvidarse que la revolución tecnogenética de la praxis cultivadora ya no se realiza en el modo clínico de la adaptación a la dinámica propia de la naturaleza. Más bien sugiere la desdiferenciación de una distinción fundamental también constitutiva de nuestra autocomprensión como especie.

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innovación tecnológica

sobre innovacion tecnologica de nuevo.-


Cuando nace una nueva tecnología su potencial -su trayectoria- se reduce gradualmente y el aprendizaje se estabiliza. Esa pauta se refleja en la del comercio mundial. Los países ricos, donde se dan las innovaciones tecnológicas, producen y exportan mientras la curva de aprendizaje desciende pronunciadamente. Durante ese periodo funcionan todos los mecanismos que hemos calificado más atrás como “modo difusivo” de creación de riqueza.

Mientras ese ciclo no se vincule con el “modo difusivo” puede parecer inocuo. La economía estándar se concentra en el comercio más que la producción, supone una competencia perfecta (lo que significa que todos los habitantes del mundo podrían producir zapatos como se hacían en San Luis en 1900), y supone que los frutos del cambio tecnológico sólo se difunden de forma clásica, como el abaratamiento de los zapatos. La caja de herramientas de los textos estándar de economía no contiene instrumentos que permitan registrar el hecho de que en cada momento sólo hay unas pocas industrias que se comporten como lo hizo la producción de zapatos a finales del siglo XIX, la fabricación de autómoviles 75 años después, o actualmente la de los teléfonos móviles.
Este tipo de teoría económica no tiene en cuenta los elementos de crecimientos dependientes de la actividad (que en cada momento sólo sucede en unas pocas industrias), ni tampoco los efectos de sinergia que se transmiten de un sector a otro: que los altos salarios en la fabricación de zapatos contribuyeron a la producción de cerveza y al sector sanitario de la ciudad, y que aquel floreciente mercado urbano generó una elevada demanda y un gran poder de compra entre los granjeros estadounidenses. En resumen, no reconoce los círculos virtuosos acumulativos que constituyen la esencia del desarrollo.

Nadie objeta que las innovaciones y el aprendizaje generan crecimiento económico, pero desde Adam Smith ese aspecto de la economía se ha externalizado. Se suele suponer que el cambio tecnológico y las nuevas innovaciones caen de los cielos como un maná, y que están a disposición de todos gratuitamente (“información perfecta”). No se tiene en cuenta que el conocimiento -especialmente cuando es nuevo- tiene elevados costes y no está en general a disposición de todos. El conocimiento se protege mediante altas barreras a la entrada, constituyendo las economías de escala y la experiencia acumula elementos importantes para erigir esas barreras. Cuanto mayor sea el volumen de producción que una compañía ha acumulado, más bajos serán los costes. En la industria las curvas de aprendizaje tienen un pariente muy utilizado, las curva de experiencia, que se utiliza para medir precisamente eso. Mientras que las curvas de aprendizaje estiman el aumento en la productividad de la fuerza de trabajo, las curvas de experiencia evalúan la evolución de los costes totales de producción. Cuando varias fábricas emplean el mismo tipo de tecnología, la que ha acumulado el mayor volumen de producción tendrá en general los menores costes por unidad producida. En la carrera por reducir costes, puede resultar rentable vender por debajo del coste actual (lo que se acostumbra a denominar dumping) a fin de alcanzar un volumen de producción que más adelante reduzca el coste por debajo del precio estratégico ofertado.
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Desde la revolución industrial -con la teoría del buen comercio y el mal comercio- los países ricos han resuelto este problema procurando hacer partícipes a otros de las explosiones de productividad que tenían lugar dentro de sus fronteras. Todos los países europeos ricos construyeron su propia industria textil -emulando al país que iba en cabeza- de la misma forma que todos los países relevantes del siglo XX construyeron su propia industria automovilística. Los países excluidos de esa dinámica, condenados a carecer de tales industrias, eran las colonias. Durante siglos se entendió que para un país era mejor participar en el cambio de paradigma, aun con menor eficiencia que el país que lo encabezaba, que permanecer al margen sin industria moderna. Era obvio que las nuevas industrias propiciarían un nivel de vida más alto que las antiguas, de la misma forma que durante la década de 1990 era obvio que era mejor ser un consultor de datos mediocre que ser el friegaplatos más eficiente del mundo. Éste era el tipo de sentido común postergado por la teoría del comercio de Ricardo, que eliminó la lógica, antes obvia, de que -en un mundo con variadas industrias que requieren habilidades escasas y comunes, y variadas tecnologías en momentos diferentes de su ciclo vital- era muy posible especializarse, siguiendo la “ventaja comparativa”, en ser pobre.
Existen no obstante situaciones en las que la dinámica descrita en las curvas de aprendizaje se puede utilizar para enriquecer a los países pobres, mejorándolos tecnológicamente unos detrás de otros. El economista japonés Kaname Akamatsu bautizó este modelo con el nombre de “gansos voladores” en la década de 1930.

Otro japonés Saburo Okita teorizó que un país pobre siguiendo el modelo de los gansos voladores puede mejorar su tecnología saltando de un producto a otro con un contenido de conocimiento creciente. El primer ganso volador, en este caso Japón, rompe la resistencia del aire para los siguientes, de forma que todos ellos pueden beneficiarse gradualmente del mismo cambio tecnológico. Hace algunos años, por ejemplo, Japón producía ropa barata, consiguiendo aumentos de productividad que elevaron tanto el nivel de vida (“modo difusivo”) que ya no se podía producir rentablemente allí un producto relativamente poco sofisticado como un vestido. De su producción se hizo cargo Corea del Sur, mientras que Japón mejoraba gradualmente su industria pasando a fabricar algo un poco más sofisticado como eran los televisores. Cuando Corea del Sur mejoró la ropa se fabricó durante un tiempo en Taiwán, hasta que allí sucedió lo mismo: los costes de producción aumentaron demasiado. La producción se desplazó entonces a Tailandia y Malasia, y la historia se repitió. Finalmente, la producción de ropa se desplazó a Vietnam. Pero en el ínterin toda una serie de países habían aprovechado la producción de ropa para elevar su nivel de vida: todos ellos habían pasado sucesivamente por la misma curva de aprendizaje, y todos ellos se habían hecho más ricos. Esta dinámica requiere, por supuesto, que el ganso que va en cabeza siga implementando continuamente nuevas tecnologías.

Este modelo de mejora tecnológica sucesiva difiere radicalmente del viejo modelo colonial estático, que podemos denominar “modelo del callejón sin salida”. Como en el ejemplo de las pelotas de béisbol en Haití, un país se puede especializar estáticamente en callejones tecnológicos sin salida. Si se produce un cambio tecnológico, el país pobre que sigue el modelo del callejón sin salida pierde su producción, como en nuestro ejemplo del corte de pijamas. Mientras que la integración de Asia oriental ha seguido en su mayor parte el principio de los “gansos voladores”, las relaciones económicas de Estados Unidos con sus vecinos meridionales se ha caracterizado en su mayor parte por el principio del “callejón sin salida”. Canadá ha seguido históricamente el modelo europeo de emulación temprana, aunque la propiedad de las fábricas canadienses estuviera en gran medida en manos estadounidenses. La cuestión de la propiedad extranjera debe considerarse simultáneamente con la cuestión del tipo de producción que los extranjeros aportan al país.
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El fenómeno está ahí y sus efectos se pueden medir, pero actualmente no existe ninguna teoría que describa satisfactoriamente eso mecanismos. Soy de la opinión de que la principal explicación para esto es que el mundo rico actual ha confundido las razones del crecimiento económico- innovación, nuevos conocimientos y nuevas tecnologías- con el libre comercio, que sólo significa transferencia de bienes y servicios de un país a otro. Al igual que Adam Smith, los países ricos confunden la era industrial con la era del comercio.

Con el tiempo, el crecimiento económico se manifiesta en la forma de mayor productividad y nuevos productos que satisfacen nuestras necesidades. Sin embargo, el aumento de productividad se distribuye muy desigualmente entre las diversas actividades económicas.
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martes, 17 de noviembre de 2009

los cimientos para la divergencia abierta, neuroeconomía.

los cimientos para la divergencia abierta
servido por virginiawoolf 15 noviembre 2009 2 comentarios


(Nuevamente mi blog me impide acceder a contestar los comentarios, debe ser una maldición así que contesto con otro post).



Durante el siglo XIX los economistas alemanes y estadounidenses insistían en una interpretación muy diferente de las etapas de desarrollo. Para ellos todas las etapas anteriores se asociaban al modo de producir bienes, y juzgaban un grave error clasificar la siguiente etapa de desarrollo de otra forma. Esta diferencia de opinión sentó los cimientos para la divergencia abierta durante el siglo XIX entre la política económica alemana y estadounidense y la que prescribía la teoría inglesa. Para los economistas ingleses la última etapa era del “comercio”, mientras que para los alemanes y estadounidenses era la de la “industria”.



Éste es el punto clave en el que se desvía la actual economía estándar, descendiente de la “era del comercio” de Adam Smith, de la economía basada en la producción, descendiente de la economía continental europea (en particular alemana) y estadounidense.



La teoría moderna del comercio internacional de David Ricardo, tras ignorar la importancia de la tecnología y la producción, como he dicho antes, insiste en que el libre comercio entre una tribu del Neolítico y Silicon Valley tenderá a enriquecer a ambas partes. La teoría del comercio del Otro Canon, por el contrario, insiste en que el libre comercio no beneficiará a ambas partes hasta que hayan alcanzado la misma etapa de desarrollo.



Al concentrar su análisis en el comercio y no en la producción, la teoría económica inglesa, y más tarde neoclásica, fue equiparando poco a poco todas las actividades económicas entendiéndolas como cualitativamente iguales. Las teorías de la producción que se añadieron más tarde a esta tradición anglosajona de la economía -la teoría estándar actual- la veían esencialmente como un proceso consistente en añadir capital al trabajo, de una forma bastante mecánica comparable al riesgo de plantas genéticamente idénticas que crecen en condiciones idénticas.



La economía desarrolló, por utilizar la frase de Schumpeter, “la opinión pedestre de que es el capital per se el que impulsa el motor capitalista”.



Los textos estándar de economía no tienen en cuenta que las diferencias tecnológicas dan lugar a enormes variaciones en la actividad económica y por consiguiente también crean oportunidades muy diferentes para añadir capital al trabajo de una forma potencialmente rentable.



La primera revolución industrial se produjo esencialmente en la producción de tejidos de algodón. Los países sin ese sector industrial -las colonias- no tuvieron revolución industrial. Todos entienden la importancia de la revolución industrial, pero la teoría del comercio internacional de Ricardo pretende convencernos de que las tribus de la Edad de Piedra se harían tan ricas como los países industriales con tal que adoptaron el libre comercio. No estoy presentando un espantajo fácil de combatir; ésta fue de hecho la concepción que configuró el orden económico mundial después del final de la Guerra Fría.



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Todo esto nos lleva a pensar en lo importante que es la adaptación a los cambios tecnológicos y en cuanto al comercio internacional es muy importante también la economía de escala, y esto propiciado por lo anterior, por el desarrollo tecnológico y no a revés, es decir, no es el libre comercio el que propicia el cambio tecnológico, al menos no en un principio.



Cuando el proceso de expansión se invierte y la masa y escala necesaria desaparecen el sistema colapsa. Después de 1980 los sistemas económicos nacionales sometidos a la terapia de choque colapsaron como le sucede a la red de líneas aéreas que pierde el cincuenta por 100 de sus pasajeros de la noche a la mañana. La pérdida repentina de volumen provocada por la terapia de choque destruyó las actividades basadas en la escala, protegiendo únicamente las actividades con rendimientos constantes o decrecientes (el sector de los servicios tradicionales y la agricultura). Esta interrelación de factores explica por qué los teóricos de la economía basada en la experiencia desde James Steuart (1713-1780) hasta Friedrich List, insistían en la importancia del gradualismo en la implantación del libre comercio.



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De todas formas, tú lo reconoces también en tu comentario Giacomo, la necesidad de un proteccionismo que tiene que ver con un gradual desarrollo de las economías nacionales.



De lo contrario también estas economías pueden verse llevadas hacia atrás a un proceso de primitivización. La idea de progreso que emergió durante el Renacimiento contiene también en su seno la posibilidad de su opuesto, una regresión. De hecho, la idea del Renacimiento nació viendo pastar a las ovejas entre las fabulosas ruinas de la antigua Roma y al redistribuir algunos antiguos textos. Auge y declive y estaban inextricablemente entrelazados. Progreso y modernización -como solía denominarse al desarrollo en la década de 1960- se convierten al invertirse en regresión y primitivización. Las actividades económicas, las tecnologías y los sistemas económicos en su totalidad pueden retroceder durante algún tiempo a modos de producción y tecnologías que parecían historia pasada. Los sistemas basados en rendimientos crecientes, sinergias y efectos sistémicos requieren una masa crítica; la necesidad de escala y volumen da lugar a un “tamaño mínimo eficiente”.



Te dejo con esta idea que habla el experto economista Erik Reinert:



"El economista alemán Johann Heinrich von Thünen (1783-1850) confeccionó un gráfico de la sociedad civilizada con cuatro círculos concéntricos en torno a un núcleo de actividades con rendimiento creciente: la ciudad. Alejándose del centro de la ciudad decrecía gradualmente el uso del capital y aumentaba gradualmente el de la naturaleza. Cerca de la ciudad se producen los bienes más perecederos; derivados de la leche, vegetales y fruta, mientras que el grano para el pan se produce más lejos, y en la periferia queda la caza en la selva virgen. Los economistas actuales han redescubierto el planteamiento que exponía Von Thünen de la geografía económica, pero algunos pasan totalmente por alto el punto crucial en el que él insistía: que las actividades urbanas con rendimientos crecientes necesitan protección arancelaria para poner en funcionamiento todo el sistema".



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El problema aquí en España es sin duda el que no podemos competir en los aspectos más avanzados de las tecnologías, o bien vamos emulando a los demás, que ya es algo, pero tenemos que competir en otras actividades que no son igual de rentables que las tecnológicas, como son los servicios, el importante sector de los servicios y el turismo, tenemos que ser competitivos, pero tenemos también que hacer sacrificios creo yo, porque lo que David Ricardo no dice de su teoría, en verdad, es que la especialización de un país en una actividad no es suficiente, porque no todas las actividades son cualitativamente iguales. Por tanto esa es la diferencia.



Pero por eso yo contemplaba con optimismo la situación porque realmente las cifras aunque son recesivas, pero no son peores que en la eurozona, y porque es fundamental mantener un espíritu crítico pero no pesimista, porque el pesimismo es lo peor de todo, es lo que termina condicionando todo el desarrollo posterior hacia otra recesión. Hemos por tanto de hacer un esfuerzo todavía más, y como tú dices también en tu artículo, en el que me baso para construir este post, tendremos que seguir algunos consejos más o menos conservadores o propios de los ahorradores, pero también imaginativos y propios de la economía creativa. Ahora no se puede seguir solamente a Keynes o a los clásicos, no es una disyuntiva, yo creo que hay que seguirlos a todos y buscar en cada momento la curva de la economía, porque hay que estar cambiando constantemente de estretegia, ahora hay que vender y mañana hay que comprar, así lo veo yo más o menos.



Me he basado en otros textos de expertos sobre todo en los economistas que he citado, por eso se me ha alargado mucho este comentario también. Pero en fin espero que dé para leerlo toda la semana siguiente, por si se puede sugerir algun aspecto más de la cuestión.



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Gracias por tu opinión Giacomo, que también para tus estudios de economía puede tener un interés actual.



un saludo cordial!

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las economías emergentes, neuroeconomía y baja autoestima
servido por virginiawoolf 15 noviembre 2009 1 comentarios






Creo que no se puede echar toda la culpa de nuestros problemas a EEUU y a China, por mucho que tengan su gran parte, por supuesto, al ser las grandes potencias económicas que son, pero en España la crisis tiene un aspecto muy importante que la hace específicamente nuestra, y es que ha sido debida a la burbuja inmobiliaria sobre todo, y esto como causa específica que la ha agravado mucho más, aparte del efecto que pudiera tener por los activos y las subprimes americanas y su influencia en el mercado financiero.



Y por otra parte el comercio chino y su gran potencia emergente en la economía mundial, tenemos que contar que si aquí en España y en la economía hemos aceptado la entrada del mercado chino es por el efecto también positivo que ello causa en la economía. Claro que también por otra parte causa una competencia que bien podríamos llamar desleal en precios y capacidad de producción. Pero en primer lugar crea un efecto positivo en el valor añadido que crean su productos, y esto es lo bueno que crea para la economía también de nuestro país.



Por ejemplo, "es magnífico ser el país en donde se diseña la ropa y en donde se controla la venta de la misma -las tiendas por todo el mundo, las de las cadena de Zara, por ejemplo-; ahí está el valor añadido. Donde se confecciona no es la clave; se confecciona donde menos vale la mano de obra": según opina Gustavo Mata, asesor y experto financiero de nuestro país.



Se puede poner también el ejemplo de los zapatos. Al perder pendiente la curva de aprendizaje, la presión sobre los salarios creció, y poco a poco la producción de zapatos se trasladó a regiones más pobres. Estado Unidos exportó zapatos durante mucho tiempo, pero ahora importa prácticamente todos los que consume. Este fenómeno -que los países ricos exporten en los sectores con un gran desarrollo tecnológico, e importen en los sectores con escaso desarrollo tecnológico- está relacionado con lo que en la década de 1970 dos profesores de la Escuela Empresarial de Harvard que describieron el fenómeno, Raymond Vernon (1913-1999) y Louis T. Wells, denominaron “ciclo vital del producto” en la teoría del comercio internacional.



Mira cómo en Japón, porque esto mismo ya pasó también allí, -junto con la deflación y la burbuja inmobiliaria- y en la integración de los paises de asia oriental en cambio se renovaron. Creo que los trabajadores deberían aprender a renovarse, pero tendría el gobierno que ponerles los medios suficientes de renovación tecnológica que precisasen. Aunque ellos pongan de su parte, el gobierno tiene una gran responsabilidad sobre ello también.



Erik Reinert dice: Con el tiempo, el crecimiento económico se manifiesta en la forma de mayor productividad y nuevos productos que satisfacen nuestras necesidades. Sin embargo, el aumento de productividad se distribuye muy desigualmente entre las diversas actividades económicas.



El problema es que aquí no se implementa con nuevas tecnologías, se cierra y no se puede hacer nada. Este modelo de mejora tecnológica sucesiva difiere radicalmente del viejo modelo colonial estático, que podemos denominar “modelo del callejón sin salida”. Estoy basándome en lo que escribe Erik Reinert, un economista noruego-estadounidense.



Este economista muy sagaz en sus análisis escribe:



“Si se produce un cambio tecnológico, el país pobre que sigue el modelo del callejón sin salida pierde su producción. Mientras que la integración de Asia oriental ha seguido en su mayor parte el principio de los “gansos voladores”, las relaciones económicas de Estados Unidos con sus vecinos meridionales se ha caracterizado en su mayor parte por el principio del “callejón sin salida”.”



Hace algunos años, por ejemplo, Japón producía ropa barata, consiguiendo aumentos de productividad que elevaron tanto el nivel de vida a “modo difusivo”, que ya no se podía producir rentablemente allí un producto relativamente poco sofisticado como un vestido. De su producción se hizo cargo Corea del Sur, mientras que Japón mejoraba gradualmente su industria pasando a fabricar algo un poco más sofisticado como eran los televisores. Cuando Corea del Sur mejoró la ropa se fabricó durante un tiempo en Taiwán, hasta que allí sucedió lo mismo: los costes de producción aumentaron demasiado. La producción se desplazó entonces a Tailandia y Malasia, y la historia se repitió. Finalmente, la producción de ropa se desplazó a Vietnam. Pero en el ínterin toda una serie de países habían aprovechado la producción de ropa para elevar su nivel de vida: todos ellos habían pasado sucesivamente por la misma curva de aprendizaje, y todos ellos se habían hecho más ricos. Esta dinámica requiere, por supuesto, que el ganso que va en cabeza siga implementando continuamente nuevas tecnologías.



Situaciones en las que la dinámica descrita en las curvas de aprendizaje se puede utilizar para enriquecer a los países, mejorándolos tecnológicamente unos detrás de otros, y eso es lo que tendríamos que hacer aquí y claro que tiene la culpa Zapatero y en general los responsables de la economía, también los bancos que sólo buscan el propio beneficio, sin pensar en el beneficio de un país.



Yo lo plantearía como que estamos ante un callejón sin salida. Y es porque no hay integración ni regional ni del sector de la productividad.



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China es el gigante que emerge, claro está.



El que China haya entrado en el comercio mundial con esa gran fuerza es porque los bajos precios de las exportaciones chinas benefician también al país que es importador.



Frente a los temores proteccionistas de los EEUU en un mundo globalizado las cifras del comercio bilateral son irrelevantes, en otras palabras mientras China trabaja con muy poco margen y bajos salarios, las compañías norteamericanas y las demás extranjeras obtienen beneficios formidables.



Desde ese mismo enfoque, "está claro que la responsabilidad que a veces se imputa a los fabricantes chinos por sus bajos precios no se debe tanto a su esfuerzo en costes para competir entre ellos, sino sobre todo a la capacidad que los grandes distribuidores en destino tienen de estrangular a su proveedores al disfrutar de un fuerte dominio del acceso al consumo final con sus redes de puntos de venta y su gran proporción de cuota de mercado", según el economista español Ramón Tamames.



Forma de explotación que se hace todavía mayor con las marcas blancas que crean los propios distribuidores, de modo que los precios a que deben fabricarlos los proveedores se envilecen más y más desde el punto y hora en que el gran distribuidor siempre está en la posición de poder cambiarse a otro más sumiso que le haga el producto por un precio idéntico o incluso menor.



Hablamos del valor añadido, y de esos márgenes entre los proveedores y también hablamos del consumo final, lo que yo me he ahorrado en mi consumo doméstico al comprar en una tienda china, despues lo puedo emplear en comer en un restaurante de mi barrio o en comprar un producto de tecnología, y por tanto voy dejando riqueza en otras actividades productivas.



Por eso digo que aquí el gobierno tiene una gran responsabilidad también en preparar a los trabajadores del futuro, en la curva del aprendizaje y en asumir los cambios tecnológicos de las actividades, para ser productivas, si no sucederá como dicen esos economistas que estaremos en pocos años en una nueva crisis crediticia y de déficit de nuestra deuda pública.



Yo creo que el sector de la construcción tendrá que renovarse, y a partir de ahí tenemos que seguir creando y construyendo casas pero ya sin esa gran inflación, y por otra parte, tendremos que renovarnos. También viene Ikea y quita cuota de mercado a los mercaderes de muebles españoles, pero aún así lo permitimos. Sin duda, tendremos que aprender de otros países a renovarnos, tendremos que especializarnos en buscar nuevas cuotas de mercado en otras actividades, quizás, pero tendremos que esforzarnos sin duda.



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Por otra parte está el problema de la neuroeconomía y nuestra baja autoestima. Cuando España no se ha comportado como el peor país de la Eurozona, es cierto que ha bajado nuestro PIB, que hemos creado mayor numero de desempleo despues de Irlanda.



Pero la verdad es que en la nota del PIB del 2º trimestre de 2009 de Eurostat se ve cómo la tasa interanual de nuestro PIB ha caído menos que el promedio de la eurozona, mucho menos que el de Alemania o países más avanzados tecnológicamente como Finlandia y lo mismo que los EEUU.



Por otra parte se nos dice que somos menos productivos que esos países, pero también en productividad estamos por encima del promedio europeo, igual que en nuestra renta por habitante, entonces ¿por qué la percepción es tan negativa? Porque no somos tan competitivos, pero nuestras exportaciones aunque han caído no han caído menos que el comercio internacional.



Pero es que el Gobierno español transmite un mensaje pesimista y de poca confianza sobre la recuperación a diferencia de Obama. Aunque el año pasado el Gobierno gastó absurdamente su credibilidad negando la crisis.



Pero llegamos a la esencia del pesimismo, tenemos la mayor tasa de paro de Europa después de Letonia. Aquí el dato es irrefutable y sin duda es nuestra prioridad para la próxima década pero hay que explicar que en la última década España ha recibido casi cinco millones de inmigrantes y que ahora hay 1.2 millones desempleados. Que en el último año hemos destruido 1.5 millones de empleo pero que hemos aumentado nuestra base de ocupados un 50% en el último ciclo que hemos creado uno de cada tres empleos que se han creado en la Eurozona, el doble de empleos que Alemania y el triple que el Reino Unido y no sé si eso será un milagro económico o no somos conscientes de ello.



Por eso, ahora vienen muchos agoreros echando nuestra economía hacia atrás, hablando de la devaluación del dolar y la del yuan, y de como esto afectará a todas las economías y más a la nuestra por su poca especialización en la productividad. Pero yo creo que tenemos que ir haciendo mejor lo que sí sabemos hacer, y que hemos demostrado que sí sabemos hacerlo. Turismo, construcción aunque más selectiva y sin inflación engañosa, y todos los servicios que hemos construido alrededor de estas actividades.



Se puede objetar que este empleo es de mala calidad pero en 1994 sólo había 6 millones de asalariados con contrato indefinido y ahora son 11.5 millones y que casi el 30% de los ocupados tiene estudios universitarios.



Yo me pregunto por tanto si la excesiva percepción negativa es un reflejo de nuestra baja autoestima y limita nuestro potencial de crecimiento y es muy fácil responder afirmativamente.



Según dice el economista español José Carlos Díez: "La neuroeconomía nos enseña que los humanos ponderamos mucho en nuestra toma de decisiones la información reciente por lo que el excesivo pesimismo condiciona la recuperación y la volatilidad cíclica de la economía española pero no su potencial. En la crisis de 1992 nadie apostaba por el futuro de la economía española ni un duro y cuando venga la recuperación, que ya está cerca, irán olvidando la crisis y volveremos a tener un ciclo expansivo, boom inmobiliario, desequilibrios, etc. El problema es que al pesar la información reciente las expectativas son adaptativas y tardarán bastante tiempo en olvidar la crisis, cómo sucedió en 1992".



Los países que consiguen prevalecer en las explosiones de productividad -como Irlanda en la tecnología de la información y Finlandia en los teléfonos móviles- experimentan un fuerte aumento de los salarios reales. Pero aquí con el sector automovilístico tenemos un problema y es que no forman parte de un nuevo producto, ni de una explosión de productividad.



Las industrias automovilisíticas nacieron en un sistema basado en la nación, que era quien los fabricaba y protegía con su industria, y despues esa tecnología otros países la copiaban aunque la economía de escala fue la que propugnó que se pudiera alcanzar una mayor difusión.



La protección sin embargo de la propiedad intelectual en los productos de las nuevas tecnologías que están preotegidas al comercializarla, y la creciente proporción de artículos patentados en el comercio mundial profundizará inevitablemente la brecha económica entre países ricos y países pobres, y en el sector del automóvil no pasa lo mismo porque no tienen esa protección pero la economía de escala es la que lo sostiene y solamente se pueden producir en determinados sitios.



Hoy día sin embargo, con la producción de China y Vietnam se han producido modelos en que a salarios más bajos se ha creado una producción mayor e igualmente competente, y esto influye sin duda en el sector del automóvil.



Pero si aquí no nos especializamos en coches, porque la economía de escala hoy día está basada en países que ofrecen sueldos más bajos, y tampoco nos podemos especializar en microsoft como otros países ricos porque hay una serie de patentes o copyrights que lo protegen, entonces si esas actividades que son las que producen la riqueza no emergen hacia nuestra economía, ¿qué nos queda?



Yo creo que tenemos que confíar en nuestro potencial.



Si nuestros políticos de verdad demostraran la capacidad para trabajar en favor del interés público y general, si se dirigieran a pensar en el bien común y no sólo en el beneficio privado, podríamos creer en ellos de nuevo. Pero hoy día la gestión política en favor de lo público y del interés común brilla por su ausencia. Si de verdad hablaran claramente y lo demostrasen, como se demuestran las cosas.



Los estados podrán soportar el deficit un año o dos pero más no, y la capacidad de endeudamiento adquirida ya la estamos poniendo al límite, sólo gracias al superavit que tuvimos en los anteriores años.



Se necesita una gran capacidad política, y también ser consciente de que las decisiones políticas no son neutrales y que la economía necesita de ellas, por encima de todo, pues así es como se genera la riqueza de todos, en construir salarios de “rentas medias” para todos, y no salarios de ricos y salarios de pobres.



Creamos un sector potente de la construcción pues démosle el auge que debe tener ajustando o remodelando la capacidad de trabajo y consiguiendo atraer nuevas inversiones, la demanda de otros países o extranjeros, y por supuesto bajando los costes, bajando los precios, volviendo a poner las cosas en su sitio. Si estos directivos que se han enriquecido no lo hacen, y no se sacrifican, mal puede verse que esto salga adelante.



Si no demuestran la capacidad estos gobernantes, muy pocos vamos a salir vivos de esta. Porque aquí en este país es como si todo lo que hacemos lo tirásemos por la borda, y no le diésemos la importancia que tiene.



La combinación de la producción con un sector industrial primordialmente basado en la nación creó y ha creado en la historia económica del siglo XIX -por ejemplo en la industria automovilística- condiciones únicas para subir los salarios reales gracias también al poder sindical. Esto tiene que ver con un factor que los economistas manejan muy mal: el poder económico y político. Pero por eso tenemos que ver a los políticos como los responsables directos y a la democracia participativa y social, somos todos los responsables si no sabemos salir de esta crisis.


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lo dijo giacomo 15 noviembre 2009 | 11:32 AM

Interesante artículo, activo y optimista

AUnque me gustaria resaltar que lo que tenemos es un serio problema de organización en el terreno industrial. Y un serio problema en el terreno universitario y de formacion. Creo haber leido que el Gobierno pretende tomar la misma politica que en Alemania en cuanto a reduccion de horas y mantenimiento de la plantilla.Para evitar el sobrestockage y la situacion de paro (El PiB en Alemania ha caido igual o más que en España pero el paro se ha mantenido más o menos estable). Eso es posible en una Industria bien estructurada en España lo veo dificil y en parte porque la Industria Española pelea con la industria China

El comercio internacional sin duda en términos generales es beneficioso. Y tiene respaldo solido teorico desde David Ricardo a Krugman

Eso no quita para que el que no pueda competir le convenga ser proteccionista en el corto plazo. Por eso en los periodos de crisis en la Historia ha habido un repliegue nacional. La gente obviamente no quiere perder empleo ni nivel de vida

Eso a la larga es negativo (Por ejemplo. el intervencionismo en España a principios del XiX ocasionó que la gente tuviera que pagar el doble por el trigo español frente al trigo que venia de EEUU. Eso hace que haya que pagar salarios más altos (subsistencia) y haya poco margen o ninguno para hacer nuevas inversiones

En general es un problema de plazos Cada doctrina o rama defiende el suyo

Keynesianismo- Corto plazo
Austriacos- Medio plazo
Economistas clásicos- Largo plazo

Y claro está... influye mucho la forma de ver la vida y los valores que proyectes hacia ella

Creo que lo inteligente es saber combinar

Un saludo

lunes, 16 de noviembre de 2009

Alice Miller

Alice Miller



De Wikipedia, la enciclopedia libre





Alice Miller (nacida en 1923) es una psicóloga conocida por su trabajo en maltrato infantil y sus efectos en la sociedad así como en la vida de los individuos. Nació en Polonia, pero creció y estudió en Suiza. Obtuvo su doctorado en filosofía, psicología y sociología en 1953 en Basilea. En 1986 Miller fue galardonada con el premio Janusz Korczak por la Liga Antidifamación. Tiene dos hijos adultos.










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"Culpabilizando" a los padres [editar]


La introducción a su primer libro, El drama del niño dotado publicado en 1979, contiene un famoso párrafo que resume la perspectiva de Miller: "La experiencia nos enseña que, en la lucha contra las enfermedades psíquicas, únicamente disponemos, a la larga, de una sola arma: encontrar emocionalmente la verdad de la historia única y singular de nuestra infancia".[1]


Miller se desencantó de su propia profesión, el psicoanálisis, después de muchos años de practicarlo. Sus primeros tres libros fueron resultado de una investigación sobre lo que sentía eran importantes puntos ciegos en dicho campo. No obstante, cuando publicó su cuarto libro Miller ya no creía que el psicoanálisis era viable de forma alguna.[2]


Basándose en la psicohistoria, Miller ha analizado a Virginia Woolf, Kafka y otros: vidas en que ha encontrado relaciones entre los traumas de su niñez y el devenir de sus vidas.[3] Miller cree que todos los casos de enfermedad mental, crimen y caer en sectas son ocasionados por traumas infantiles y un dolor interno no procesado con la ayuda de algún alma solidaria que ella llama "testigo iniciado". En su cosmovisión este modelo abarca todas las formas de abuso infantil, incluyendo aquellas comúnmente aceptadas como cachetes o nalgadas a los hijos, que ella llama pedagogía negra (schwarze Pädagogik).[4]


Miller culpa a los padres de las neurosis y psicosis de la humanidad. En nuestra cultura "No toques a los padres es la ley suprema", escribió Miller. Incluso los psiquiatras, psicoanalistas y psicólogos clínicos tienen un miedo inconsciente de culpar a los padres de los trastornos mentales de sus clientes. Según Miller, los profesionales de salud mental también son criaturas de la pedagogía negra internalizada en sus propias infancias. Esto explica por qué el mandamiento "Honrarás a tus padres" ha sido uno de los blancos principales en la escuela de psicología de Miller.[5]


Miller llama al electroshock para tratar a la depresión "una campaña en contra de los recuerdos". También critica el consejo de los psicoterapeutas a sus clientes de perdonar a sus padres abusivos. Para Miller eso sólo impide el camino a la recuperación: recordar y sentir el dolor de nuestra niñez. "La mayoría de los terapeutas temen esta verdad. Trabajan bajo la influencia de interpretaciones destructivas sacadas tanto de religiones occidentales como orientales, que predican perdón al otrora maltratado niño". El perdón no resuelve el odio sino que lo encubre de manera muy peligrosa en el adulto ya crecido: produciendo el desplazamiento hacia chivos expiatorios, tal como Miller arguye en sus psicobiografías de Hitler y Bartsch, ambos víctimas de un horrendo vapuleo parental.[6] [7]


El común denominador en los escritos de Miller consiste en explicar por qué los seres humanos prefieren no conocer su propia victimización en la niñez. El mandato inconsciente del individuo, el no ser consciente de cómo fue tratado en la infancia, conduce al desplazamiento: el irresistible impulso de repetir formas traumatogénicas de parentela en la siguiente generación de hijos.[8]


Resumen de sus libros [editar]


El siguiente es un breve resumen de los libros de Alice Miller.


Por tu propio bien (1980) [editar]


Miller presenta aquí la tesis de cómo los traumatogénicos métodos alemanes de crianza produjeron a un Hitler y a un asesino en serie de niños alemán llamado Jürgen Bartsch. En esta obra Miller introduce el término "pedagogía negra". Los niños aprenden a tomar partido, "por su propio bien", por el punto de vista de sus padres en contra de ellos mismos. Para Miller, el proceso pedagógico tradicional es manipulación, y resulta en que el adulto ya crecido acata las autoridades, incluso si son líderes tiránicos o dictadores como Hitler. Miller incluso arguye que abandonemos el término "pedagogía" en favor de la palabra "apoyo": algo similar a lo que los psicohistoriadores llaman la forma de apoyo en puericultura.[9]


Du sollst nicht merken (1981) [editar]


A diferencia de los posteriores libros de Miller, este está escrito en un estilo académico. Es la primer crítica de Miller al psicoanálisis, al que acusa de parecerse a las pedagogías negras que describió en Por tu propio bien. Miller es crítica tanto de Freud como de Jung. Hace un examen exhaustivo de la teoría freudiana de la libido edípica: un artilugio que convenientemente culpa al niño del abuso sexual de los adultos. Miller también critica a Kafka, quien fue maltratado de niño por su padre pero que cumple la función políticamente correcta de reflejar el maltrato en novelas metafóricas en lugar de denunciarlo.[10]


La llave perdida (1988) [editar]


Este libro es básicamente una psicobiografía de Nietzsche, Picasso, Käthe Kollwitz y Buster Keaton. (En el último libro de Miller, El cuerpo nunca miente publicado en 2005, la autora incluye análisis similares de Dostoievski, Chéjov, Schiller, Rimbaud, Mishima, Proust y James Joyce.)


Según Miller, Nietzsche no vivió en una familia amorosa y su legado filosófico es una metáfora de un impulso inconsciente de rebelión en contra de la opresiva tradición teológica de su familia. Su sistema filosófico está errado porque Nietzsche fue incapaz de hacer contacto emocional con el niño maltratado que llevaba dentro. Aunque Nietzsche fue castigado severamente por un padre que enloqueció cuando aquél era un niño pequeño, Miller no acepta la teoría genética de la locura. Más bien, interpreta el quebranto psicótico de Nietzsche como resultado de una tradición familiar de puericultura prusiana.[11]


El saber proscrito (1988) [editar]


En este libro más personal, Miller confiesa que ella misma fue maltratada en su infancia. También introduce el fundamental concepto milleriano de "testigo iniciado": una persona que está dispuesta a apoyar a otra persona dañada, empatizar con ella y ayudarle a obtener un entendimiento de su pasado biográfico.


El saber proscrito también es autobiográfico en otro sentido. Marca la apostasía total y definitiva de Miller de su propia profesión, el psicoanálisis. La sociedad colude con las teorías de Freud a fin de cegarse ante la verdad de la propia infancia, una verdad que las culturas humanas han "proscrito". Irónicamente, los sentimientos de culpa inculcados en nuestras mentes desde nuestros más tiernos años refuerzan nuestra represión incluso en la profesión psicoanalítica.[12]


Abbruch der Schweigemauer (1990) [editar]


Escrito en las postrimerías de la caída del Muro de Berlín, Miller censura la cultura humana entera. El "muro del silencio" (Schweigemauer) es el muro detrás del que la sociedad —la academia, los psiquiatras, el clero, los políticos y los medios de comunicación— han buscado protegerse: negando los efectos destructivos del maltrato infantil para la mente. Miller continúa la confesión autobiográfica iniciada en El saber proscrito sobre su abusiva madre. En su libro Pictures of a Childhood: Sixty-six Watercolors and an Essay, Miller dice que la pintura le ayudó a ponderar hondo en sus memorias. En algunas de sus pinturas Miller muestra a la bebé Alice empañada, algunas veces por una madre maligna.[13]



Traicioné a esa pequeña niña [...]. Sólo en años recientes, con la ayuda de la terapia que me capacitó poco a poco a levantar el velo de la represión, pude permitirme experimentar el dolor y la desesperación, el estado de indefensión y la justificada furia de esa niña maltratada. Sólo entonces la dimensión del crimen en contra de la niña que otrora fui se hizo clara y transparente.[14]


Libros publicados [editar]



  • El drama del niño dotado y la búsqueda del verdadero yo (Das Drama des begabten Kindes, 1979, en español 1985), edición actual Tusquets Editores, enero 2008, ISBN: 978-84-8310-566-5

  • Por tu propio bien: raíces de la violencia en la educación del niño (Am Anfang war Erziehung, 1980), edición actual Tusquets Editores, marzo 2009, ISBN: 978-84-8310-567-2

  • (Du sollst nicht merken, 1981)

  • (Bilder einer Kindheit, 1985)

  • La llave perdida (Der gemiedene Schlüssel, 1988), edición actual Tusquets Editores, enero 2002, ISBN: 978-84-7223-390-4

  • El saber proscrito (Das verbannte Wissen, 1988), edición actual Tusquets Editores, octubre 2009, ISBN: 978-84-7223-177-1

  • (Abbruch der Schweigemauer, 1990)

  • El drama del niño dotado (fábula) (Das Drama des begabten Kindes, 1994), nueva edición de la obra original, enteramente revisada y ampliada, Tusquets Editores, junio 2009, ISBN: 978-84-8383-167-0

  • (Wege des Lebens - sieben Geschichten, 1998)

  • La madurez de Eva (Evas Erwachen, 2001), Ediciones Paidós, enero 2002, ISBN: 978-84-493-1178-9

  • El cuerpo nunca miente (Die Revolte des Körpers, 2004), edición actual Tusquets Editores, marzo 2007, ISBN: 978-84-8310-439-2

  • Salvar tu vida (Dein gerettetes Leben, 2007), edición actual Tusquets Editores, septiembre 2009, ISBN: 978-84-8383-174-8

  • (Bilder meines Lebens, 2006)

  • (Jenseits der Tabus, 2009, PDF sin costo en alemán)


Notas [editar]





  1. Miller, Alice (2001). El drama del niño dotado. Barcelona: TusQuets, pp. 15.

  2. Capps, Donald (1995). The child’s song: the religious abuse of children. Louiseville, Kentucky: Westminister Knox Press, pp. 3-20.

  3. Miller, Alice (2005). El cuerpo nunca miente. Barcelona: TusQuets, pp. 37-41 & 48-50.

  4. Miller, Alice (1985). Por tu propio bien. Barcelona: TusQuets, pp. 17-95.

  5. Miller, Alice (1991). Breaking down the walls of silence. NY: Dutton/Penguin Books.

  6. Miller: Por tu propio bien: raíces de la violencia en la educación del niño (op. cit.)

  7. Miller, Alice (1998). El saber proscrito. Barcelona: TusQuets.

  8. Miller, Alice (1984). Thou shalt not be aware: society’s betrayal of the child. NY: Meridan Printing.

  9. Miller: Por tu propio bien (op. cit.)

  10. Miller: Thou shalt not be aware: society’s betrayal of the child (op.cit.)

  11. Miller, Alice (1991). La llave perdida. Barcelona: TusQuets.

  12. Miller: El saber proscrito (op. cit.)

  13. [1] – pintura de Miller

  14. Miller: Breaking down the walls of silence, (op. cit.), págs. 20s




Véase también [editar]



Enlaces externos [editar]