lunes, 4 de enero de 2010

Dinámica tecnológica, innovaciones y crecimiento desigual

Dinámica tecnológica, innovaciones y crecimiento desigual.-

Nadie objeta que los nuevos conocimientos constituyen el factor principal para la mejora del nivel de vida. El desacuerdo empieza cuando hay que modelar ese proceso. A este respecto daremos por buena la explicación de Joseph Schumpeter; para él, las auténticas fuerzas impulsoras del crecimiento económico son los inventos y las innovaciones que se generan cuando esos inventos se introducen en el mercado como nuevos productos o procesos. Las innovaciones crean una demanda de inversion e inyectan vida y valor en un capital que de otro modo resultaría estéril. Volviendo a la metáfora de los perros que intercambian huesos de Adam Smith: para ellos el capital serían huesos enterrados para su consumo futuro, pero ese capital no sería capaz de producir más huesos, ni -como producto de innovaciones y el conocimiento que se precisa para utilizarlas, ya se trate de carne enlatada para perros o abrelatas, fueron externalizados, esto es, producidas fuera de lo que la teoría pretende explicar. El reto consiste en reintroducirlos y al mismo tiempo liberarse de la hipótesis de la igualdad, permitiendo la heterogeneidad y otras variables clave que estamos examinando aquí.

Las innovaciones llegan en distintos paquetes y en distintos tamaños. Un ejemplo de una pequeña innovación es la película Tiburón 4 comparada con Tiburón 3, pero hay innovaciones mucho más trascendentales, como el transistor que arruinó el mercado de las válvulas de radio y alteró la cadena de valor en todo un sector, creando unn gran número de productos que no existían antes. Es muy poco frecuente que grandes oleadas de innovación se extienda a toda la sociedad creando importantes discontinuidades o rupturas en el desarrollo tecnológico. A principios de la década de 1980 Carlota Pérez y Christopher Freeman llamaron a esas grandes oleadas de innovación cambios de paradigma tecnoeconómico.

Un cambio de paradigma tecnoeconómico es trascendental porque modifica la tecnología general que subyace a todo el sistema productivo, como sucedió por ejemplo con la máquina de vapor o con el ordenador. En ese sentido los cambios de paradigma se parecen a los cambios tecnológicos ya mencionados, como cuando el cobre y el bronce desplazaron a las piedra como material con el que los seres humanos fabricaban sus instrumentos, poniendo fin así a la Edad de Piedra. Tales mudanzas en la tecnología básica tienden a modificar las cadenas de valor en prácticamente todas las ramas de la industria, como hicieron la máquina de vapor y los ordenadores. Tales innovaciones dan lugar a lo que Schumpeter llamaba “destrucción creativa”: aparecen nuevos sectores industriales con montones de nuevos productos, mientras que los viejos desaparecen debido a una pauta de demanda totalmente nueva, y se producen cambios radicales en los procesos de producción de casi todos los sectores. El desarrollo económico sustituye más de un tipo de producto, como los carruajes tirados por caballos, por algo totalmente nuevo, los automóviles. También cambia la forma de producir, el “modo de producción”, como en la transición de la industria doméstica a las fábricas. Sin embargo, hasta el siglo XX la agricultura no solía verse apenas afectada por lo cambios en el “sentido común”. Poco después de que hombres y mujeres dejaran de trabajar en casa para acudir a trabajar en enormes fábricas, la actitud hacia los cuidados sanitarios también cambió radicalmente. Ya no nacíamos, nos curábamos de las enfermedades y no moríriamos en casa, sino que hospitales parecidos a las grandes fábricas se hacían cargo de esas tareas.

También se modifican los problemas del medio ambiente: a finales del siglo XX las enormes cantidades de estiércol de caballo suponían una amenaza para la salud de los habitantes de las ciudades; ahora los humos de escape de los automóviles desempeñan un papel similar. Las innovaciones aparecen en un primer momento como elementos extraños en el viejo sistema, creando desajustes entre las viejas instituciones y las exigencias de las nuevas tecnologás. La inercia frena el proceso de cambio; no olvidemos lo viejo con suficiente rapidez para dejar espacio a lo nuevo. Los desajustes en el parendizaje entre las viejas y las nuevas generaciones contribuyen también a frenar un cambio tecnológico radical. Nietzsche describe de forma muy poética una inercia institucional en la que primero cambian las ideas y opiniones y las instituciones sólo pueden seguirlas mucho más lentamente. “El derrocamiento de las instituciones no sigue inmediatamente al de las opiniones, sino que las nuevas opiniones viven durante mucho tiempo en el hogar desolado y extrañamente irreconocible de sus predecesoras e incluso lo preservan, ya que necesitan algún tipo de cobijo”.

Al igual que en la transición de la Edad de Piedra a la Edad de Bronce, los paradigmas tecnoeconómicos se pueden considerar como formas nuevas y radicalmente diferentes de elevar el nivel de vida. Hacia el final de cada época queda claro que la antigua trayectoria tecnológica “se ha quemado”, que ha dado todo lo que podía ofrecer. Cuando se pulió el hacha de piedra perfecta, el final de la Edad de Piedra se pudo tomar equivocadamente por “el Fin de la Historia”. No quedaba margen para mejoras, no había ningún sitio adonde ir sin un cambio muy radical.

En la historia moderna podemos distinguir cinco de esa formas de elevar el nivel de vida, cada una de las cuales dominó un largo periodo.
Una característica fundamental de cada cambio de paradigma es un nuevo recurso barato que parece disponible en cantidades aparentemente ilimitadas y con precio rápidamente decreciente, como experimentamos hoy día con la microeléctrica. Lo más especial en los cambios de paradigma tecnoeconómico -lo que los dintingue de otras grandes innovaciones- es que esas grandes oleadas de innovación alteran la sociedad mucho más allá de la esfera que solemos denominar “economía”, llegando a trastocar incluso nuestra visión, por ejemplo, de la geografía y los asentamientos humanos. El industrialismo también mudó nuestras estructuras políticas, y el declive de la producción en masa está volviendo a hacerlo. Los cambios de paradigma también van acompañados de cambios en las relaciones de poder mundiales; los líderes económicos bajo un paradigma no tienen por qué seguir siéndolo cuando éste cambia.

Gran Bretaña alcanzó la cúspide de su poder bajo el paradigma de la máquina de vapor y el ferrocarril, Alemania y Estados Unidos se pusieron a la cabeza durante la época de la electricidad y la industria pesada, y Estados Unidos se convirtió en líder indiscutido durante la época fordista.

El fenómeno subyacente más importante en un cambio de paradigma es la “explosión de productividad” que se da en la industria principal. Se muestra la que produjo en el hilado del algodón bajo el primer cambio de paradigma tecnoeconómico. La política colonial pretende principalmente impedir que en las colonias se desarrollen sectores industriales con esas características. Históricamente, los argumentos para proteger las industrias con tal explosión de productividad -en favor de la protección arancelaria del principal portador del paradigma- fueron muchas: el sector creaba empleo para una población creciente, propiciaba salarios más altos, resolvía problemas en la balanza de pagos, aumentaba la circulación monetaria y -lo que era importante para todos los gobiernos- se podía cargar con impuestos mucho más altos a los buenos artesanos y propietarios de fábricas que a los agricultores, que solían ser pobres. Particularmente en Estados Unidos se comentó, desde Benjamin Franklin hasta Abraham Lincoln, que la industria manufacturera en general abaratabas los artículos que precisaban los granjeros. Es evidente que tales explosiones de productividad se transmiten al mercado laboral en forma de salarios más altos y precios más bajos; el efecto combianado es asombroso.
Se puede ilustrar el efecto de un cambio de paradigma sobre los salarios mediante el ejemplo de la transición de la vela de vapor en Noruega...

Los beneficios que la iniciativa empresarial aporta a la sociedad son en realidad un efecto secundario no intencionado del afán de enriquecerse del empresario. Quienes obtienen beneficios introduciendo nuevas tecnologías son mucho más importantes para un país que el naviero que posiblemente obtuvo mayores ganancias manteniendo con vida la construcción de veleros. Se trata de los mismos principios que aplicó Enrique VII de Inglaterra cuando llegó al poder en 1485 y que se han podido observar en países como Irlanda y Finlandia durante los últimos veinte años.
Las explosiones de productividad y el aumento extremadamente rápidamente de ésta en determinado sector industrial actúan como catapultas, elevando rápidamente el nivel de vida. Sin embargo, éste puede mejorar de dos formas diferentes: porque recibimos salarios más altos o porque las cosas que compramos nos cuestan menos. Cuando nos hacemos más ricos porque los precios caen, hablaré de modelo “clásico”, porque ésa es la única cosa que los economistas neoclásicos suponen que sucederá. En realidad, el panorama es más complicado. Podemos llamar “difusivo” al modelo alternativo, porque en él los frutos del desarrollo tecnológico se dividen entre: a) empresarios e inversores, b) trabajadores, c) el resto del mercado laboral local, y d) el Estado, gracias a la base impositiva más amplia. Todo esto exige un examen más detallado.

a) El auténtico incentivo para las inversiones que conducen al aumento de la productividad será en general el beneficio que se puede obtener, por lo que tenemos que suponer que una parte del aumento de productividad se retirará bajo esa forma. Los primeros empresarios afortunados suelen obtener elevados beneficios, que más adelante se reducen al afluir a ese nuevo campo numerosos emuladores.
b) Igual que en el ejemplo de la transición de la vela al vapor, parte del aumento de productividad dará lugar a salarios más altos para los empleados del sector. Esto se puede deber al hecho de que las nuevas habilidades necesarias son escasas, o al poder de los sindicatos. A veces, como cuando Henry Ford duplicó los salarios de sus obreros en 1914, puede haber un empresario lo bastante espabilado como para darse cuenta de que necesita a sus propios obreros como clientes, por lo que le interesa que ganen más. Por supuesto, sólo en circunstancias especiales, como las explosiones de productividad, puede una empresa duplicar los salarios y aun así sobrevivir.
c)Como observó el rey Enrique VII de Inglaterra, la nueva tecnología se difundirá por todo el mercado laboral local (y poco a poco nacional), como consecuencia del mayor poder de compra surgido en los sectores donde se produce el cambio tecnológico, y también de la amplitud limitada de las diferencias salariales en un mercado laboral determinado. Un aumento salarial en el sector que experimenta la explosión de productividad inducirá automáticamente una subida de todos los salarios. El trabajo de los barberos ha experimentado pocos aumentos de productividad desde los tiempos de Aristóteles, pero sus salarios en los países industrializados se ha mantenido -atravesando varias explosiones de productividad- más o menos a la par con los salarios de los obreros industriales. En los países sin explosiones de productividad los barberos ha seguido sindo tan pobres como sus paisanos. Una orquesta filarmónica no toca el “vals del minuto” con mayor eficiencia que en tiempos de Chopin, pero los salarios de sus músicos han aumentado considerablemente desde entonces. Los términos de intercambio entre el corte de pelo y la música por un lado y los productos industriales por otro -entre los que trabajan donde no hay aumentos espectaculares de productividad y los que lo hacen en el sector donde se producen la explosión de productividad- han mejorado notablemente en favor de los peluqueros y músicos. Por el mismo corte de pelo o el mismo “vals del minuto”, los peluqueros o músicos de los países ricos pueden adquirir muchos más productos industriales que hace doscientos años. Sin embargo, los peluqueros y músicos de los países pobres -aunque sean tan eficientes como los de los países ricos- siguen siendo muy pobres. Lo mismo sucede en la mayoría de las ocupaciones, en particular en el sector servicios: los trabajadores de los países pobres son tan eficientes como los de los países ricos, pero la diferencia entre sus salarios reales es enorme. Lo que llamamos “desarrollo económico” es, con otras palabras, una especie de renta de monopolio en la producción de bienes y servicios avanzados, en la que los países ricos se emulan mutuamente saltando de una explosión de productividad a la siguiente.
d) En una versión en dibujos animados de las aventuras de Robin Hood, el sheriff de Nottingham, para aumentar la recaudación de impuestos, ordena colgar a los pobres granjeros por los pies y sacudir hasta el último penique de sus bolsillos. Los ministros de Hacienda europeos no tardaron mucho en descubrir que una forma mucho más fácil de llenar sus arcas consistía en aumentar la base impositiva fomentando la industria. La gente que trabajaba con máquinas aumentaba enormemente su productividad y podía pagar más impuestos que los que trabajaban en el campo. El aumento de la base impositiva permitía a los países ricos ampliar la red de la seguridad social, las infraestructuras y los sectores educativo y sanitario. Así pues los ministros de Hacienda recomendaban emular las estructuras productivas de los países ricos e incorporarse al industrialismo.
Los factores a)-d) dan lugar al “modo difusivo”, lo que explica por qué en los países industriales -con frecuentes explosiones de productividad- los salarios aumentaron continuamente comparados con los de los países pobres (las colonias). Aunque éstas sean ahora, en teoría, países independientes, en la práctica se les impide, como cuando eran colonias, utilizar las estrategias de emulación empleadas por los países ricos, sólo que ahora mediante las “condiciones” de las instituciones de Washington. Después de los Estados “naturalmente ricos” -Venecia, Holanda, las pequeñas ciudades-Estado sin agricultura- es imposible encontrar ejemplos de países que hayan adquirido un sector industrial sin un largo periodo de fijación de objetivos, apoyo y/o proteccionismo. La única vez que Adam Smith menciona “la mano invisible” en La Riqueza de las Naciones es después de haber alabado la política inglesa de altos aranceles en las Leyes de Navegación, y entonces añade que tras esa política proteccionista es como si una mano invisible hubiera impulsado a los consumidores ingleses a comprar productos industriales ingleses. La mano invisible no sustituyó en realidad a los altos aranceles hasta que la industria manufacturera, tras un largo periodo, resultó internacionalmente competitiva. Leyendo a Adam Smith de esa manera es posible argumentar que era un mercantilista mal entendido. Para él el punto clave era el ritmo con el que se iba imponiendo el libre comercio. Vale la pena señalar que entre Enrique VII y Adam Smith hubo tres siglos de rigurosa protección arancelaria.

El colonialismo es sobre todo todo un sistema económico, un tipo peculiar de integración económica entre distintos países. Lo menos importante es la calificació políticia que se le dé, ya sea la independencia nominal y el “libre comercio” o cualquier otra cosa. Lo que importa es qué tipo de bienes fluyen y en qué dirección. Ateniéndonos a la clasificación antes expuesta, las colonias son naciones que se especializan en el mal comercio, en exportar materias primas e importar productos de alta tecnología, ya se trate de productos industriales o de servicios intensivos en conocimientos. Más adelante veremos que en la agricultura también se pueden distinguir productos típicos de los países ricos (mecanizables) y productos de las colonias (no mecanizables).

En los países ricos también se constata la misma diferencia entre los niveles salariales de la industria y de la agricultura. Aunque la mayoría de los habitantes de Europa fueran todavía agricultores y ganaderos, en las obras de Marx y los primeros socialistas no se les menciona apenas; era entre los obreros industriales donde se descubría la pobreza más sobrecogedora, ya que la pobreza urbana tiene a menudo un aspecto más miserable que la rural. Cuando los obreros urbanos, con un creciente poder político, pudieron presentar sus demandas de salarios más altos y se beneficiaron de la mayor productividad en la industria, fueron los agricultores los que quedaron económicamente atrás. Los industriales, y también paulatinamente los obreros urbanos, gozaban de la protección de su gran poder de mercado, podían mantener los precios altos y evitar una “competencia perfecta”. El industrialismo consolidó así lo que John Kenneth Galbraith llamaba “el equilibrio de poderes compensados”, esto es, un sistema en el que la riqueza se basa en una competencia extremadamente imperfecta tanto en el mercado laboral como en el de productos físicos. El industrialismo era un sistema basado en una triple manipulación del mercado por parte de los capitalistas, los obreros y el Estado. La competencia perfecta de los textos de economía sólo se daba en el Tercer Mundo.

Alrededor de 1900 el sistema de bienestar europeo y el triple poder compensado en la industria había mejorado considerablemente la suerte de los obreros industriales. Poco a poco se fue configurando la idea de que no sólo se podía explotar a los obreros industriales, sino que las ciudades tembién podrían explotar a los obreros industriales, sino que las ciudades también podrían explotar a los agricultores. Esto llevó a plantear que también había que proteger la renta de los agricultores frente a la competencia de los agricultores de países más pobres, o de los que trabajaban en mejores climas. La protección de los productos agrícolas surgió pues de una lógica totalmente diferente a la de los aranceles industriales, que formaban parte de una estrategia ofensiva para fomentar el buen comercio, emular la estructura industrial de los países más ricos y orientar el sector productivo de cada país hacia las áreas en las que tenían lugar las explosiones de productividad, ya fueron tejidos de algodón, ferrocarriles o autómoviles. Los aranceles sobre productos agrícolas constituyen en cambio una estrategia defensiva con el objetivo de proteger a los agricultores pobres de los países industrializados frente a agricultores aún más pobres de los países pobres.




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2 comentarios:

Leonardo dijo...

Hola Mi nombre es Leonardo Souza, buscaba textos sobre paradigmas tecno economicos en al red y me tope con este bog.

Me agrada como se explica el tema, pero quizás faltaría preguntarse si estas grandes oleadas tecnológicas se deben tomar como fenómenos económicos per se, o si por el contrario deberíamos considerarlos oportunidades de desarrollo?

Es decir, el tema es quien participa en la creación de un nuevo paradigma? y finalmente que países lo configuran y quienes tan solo lo reciben inercialmente.

En lo personal creo que desde los paises en desarrollo la apuesta deberia ser consolidar una estrategia para ser actores "activos" y no pasivos como ha ocurrido en paradigmas anteriores.

Una muestra de ello lo podemos encontrar en el caso de Korea, China y Brasil que con claras estrategias de asimilación y propuesta tecnológica avanzaron en su desarrollo economico.

Leonardo dijo...

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