lunes, 15 de noviembre de 2010

la pareja rota, por Luis Rojas Marcos

La pareja rota.-
Cuando una relación amorosa se rompe, no es extraño ver surgir el odio en su lugar, circunstancia que nos da la impresión de una transformación del amor en odio... Cuando esto ocurre, el odio, que está realmente motivado por consideraciones de la realidad, es reforzado por la regresión del amor a la fase sádica del desarrollo del ser humano.
Sigmund Freud, Los instintos y sus vicisitudes, 1915
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Según Erich Fromm, el aislamiento y la separación de los demás es la fuente principal de angustia en los seres humanos. Al sentirnos apartados, nos encontramos también incomunicados, indefensos e incapaces de entender el mundo que nos rodea. Este es el estado de animo que invade a la mayor parte de las parejas rotas. Pero esto no es todo, porque el proceso de separación o divorcio engendra, además, profundos sentimientos de fracaso, culpabilidad y odio.
A pesar de la extendida liberalización de la rupturas legales, muchos hombres y mujeres separados se ven a sí mismos diferentes del resto de las personas, sensación con la que viene emparejada la agonía de la soledad. La anticipación de estos sentimientos de extrañamiento de los demás y de exclusión llega a ser tan intensa y tan aterradora -sobre todo en aquellos sectores de la sociedad donde no se acepta la disolución del matrimonio- que a veces fuerza a muchas parejas a continuar con una relación profundamente infeliz a fin de evitar sentirse diferentes, discriminados o estigmatizados.
A lo largo de la Historia y en todas las culturas, mitos, leyendas, poesías y cuentos han difundido la creencia de que el rechazo por parte de la persona amada o la pérdida de un ser querido pueden causar la locura o incluso la muerte. De hecho, estudios recientes han demostrado que, entre numerosas crisis o acontecimientos traumáticos de la vida, la ruptura del matrimonio ocupa el segundo lugar en la lista de las causas de mayor sufrimiento y estrés. Solo la muerte del compañero en una pareja duradera y feliz es superior en tormento y en dolor a la ruptura. Precisamente, el divorcio y la muerte de un ser querido son sucesos muy similares en los efectos traumáticos que ejercen sobre los seres humanos. Ambas tragedias tienen muchos ingredientes comunes. Por ejemplo, como sucede con la muerte de un ser querido, una parte importante de la intensa angustia que genera el divorcio se debe al sentimiento de pérdida que ocasiona, incluso entre quienes deciden separarse de mutuo acuerdo.
Al romperse la pareja tanto el que se va como el que se queda sufren una profunda desilusión, una enorme decepción con ellos mismos. Quienes se encuentran engañados por el cónyuge no pueden remediar sentirse, además burlados, estafados y humillados por el mundo entero, por la vida.
Las parejas rotas tienen una mayor predisposición a sufrir enfermedades físicas y mentales: hipertensión, úlcera de estómago, colitis, ataques de corazón, ansiedad y sobre todo depresión. Sin embargo, todavía no está muy claro si todas estas aflicciones son el resultado directo de la ruptura o ya estaban presentes con anterioridad. La depresión es un buen ejemplo de una dolencia que cuando afecta a uno de los cónyuges durante un periodo largo de tiempo, puede contribuir a la disolución de la pareja, mientras que por otro lado también es frecuentemente consecuencia de la separación.
Como ya indiqué sobre la erosión del amor, las depresiones crónicas suelen poner en aprietos la relación de pareja. La persona profundamente deprimida pierde la capacidad para disfrutar del mundo circundante, incluyendo al compañero, carece de al concentración, la energía y el entusiasmo necesarios para compartir, dar o recibir cariño, y tiende a encerrarse en sí misma.
Por su parte, el cónyuge del deprimido se siente rechazado e ignorado, aparte de incapaz de cambiar la situación. Sin embargo, la otra cara de la moneda muestra que la ruptura, en sí, produce a menudo estados depresivos. La pareja se siente culpable, fracasada, incapaz de arreglar las cosas o de cambiar el rumbo de sus vidas. Algunos de estos hombres y mujeres, en su desesperación, llegan a acariciar ideas y fantasías de suicidio, aunque tales deseos suelen reflejar odio hacia sí mismos más que proyectos concretos de autodestrucción.
Es tal la complejidad de las relaciones en proceso de separación que muchas veces la cuestión de quién fue el primero en iniciar la ruptura resulta casi imposible de esclarecer. Las circunstancias que rodean la crisis están tan cargadas de emoción, son tan intensas y subjetivas, que casi siempre enturbian este punto. El caos emocional que se produce explica cómo en la mayoría de las rupturas la pregunta de quién fue el responsable sea más bien académica. Pero en cualquier caso a la hora de separarse casi siempre unos se definen como los que se marchan y otros como los abandonados. Las mujeres se consideran en una mayor proporción dentro del grupo de los que se marchan; a este grupo le sigue las parejas que afirman que ambos tomaron la decisión de alejarse, mientras solo una minoría entre los hombres afirma que fueron ellos quienes abandonaron la relación.
Inmediatamente después de la ruptura se aprecian diferencias notables en las emociones que experimentan quienes se van o dejan la relación y los que se consideran dejados o abandonados. Aunque al poco tiempo, los sentimientos de pesar y la angustia que invade a ambos suelen ser parecidos. Los que iniciaron la separación tienden a sentirse culpables, preocupados y ansiosos por el daño que su partida produjo en quienes prometieron querer de por vida. En muchos casos presienten los reproches y condenas de terceras personas y llegan a pensar que les está bien merecido. Ponen en entredicho su propia capacidad para entablar nuevas relaciones gratificantes, dudan incluso de si serán capaces de comprometerse de nuevo, de mantenerse fieles o de satisfacer exigencias afectivas de intimidad y cariño en el futuro.
Los que se quedan o juzgan que fueron dejados, conscientes del doloroso y humillante rechazo del que han sido objeto, sienten rencor, piensan que no tuvieron la oportunidad de desquitarse, de vengarse de la afrenta y se consideran traicionados, engañados, usados.
Estos sentimientos van dirigidos sobre todo a la persona que según ellos unilateralmente les impuso la dolorosa separación, pero en muchos casos se generalizan a su entorno social o al mundo entero. A menudo experimentan la sensación de que los amigos, los compañeros de trabajo o incluso los vecinos les han perdido el respeto. Y lo que es peor, llegan a perder el respeto por ellos mismos. Además de dudar de su capacidad de confiar o de volver a querer a alguien en el futuro, aceptan las acusaciones y reproches que durante la ruptura les hizo su pareja, y terminan por buscar el aislamiento y la soledad.
Durante el trance de la separación, la intimidad amorosa, el apoyo o el cariño de otra persona suelen proveer de una cierta seguridad o tranquilidad, aliviar el miedo al futuro y los sentimientos de inferioridad.
Pero no se debe exagerar el valor de estas relaciones de transición puesto que a la larga la mayoría no sirven para reducir el dolor y la angustia que siempre acompañan a la disolución del matrimonio. De hecho, muchas de estas uniones acaban siendo otra fuente de tensiones y problemas y terminan pronto y mal. La creencia popular de que si uno se cae de un caballo debe volver a montarlo inmediatamente para no desarrollar una fobia permanente a los animales, no se aplica a las rupturas de pareja.
Después de la separación, las personas necesitan más que nada entender qué fue lo que falló en su relación y encontrar su explicación personal de lo sucedido para así poder contemplar de nuevo su vida en persepctiva. Como ante la muerte de un ser querido las parejas que se rompen deberán pasar por un periodo de duelo antes de sentirse liberadas y abordar otras relaciones con posibilidades de éxito.
A continuación de la ruptura, tanto el hombre como la mujer atraviesan un periodo durante el cual se sienten terriblemente angustiados. Se quejan de no poder dormir, de haber perdido el apetito, de ser incapaces de concentrarse en el trabajo, o incluso de llorar a menudo sin razón aparente.
En algunos casos, recurren al alcohol, a las drogas o a los tranquilizantes para apaciguar el dolor y ausentarse emocionalmente. Aparte de este sufrimiento pronto se verán obligados a enfrentarse con problemas de toda índole.
Las parejas rotas tienen que enfrentarse con una gran serie de retos tan prácticos como reales, para los que muchas de ellas no se encuentran bien preparadas. Para empezar la nueva situación económica suele ser peor que la anterior. En muchos casos, además está el cuidado de los hijos. Para quienes disfrutan de una posición holgada o cuentan con la ayuda de familiares o amigos, los obstáculos serán algo menores. De todas formas, lo normal es que durante el trance de la separación o del divorcio se necesiten muchos recursos, tanto personales como sociales y económicos. Por ejemplo, a menudo hay que mantener dos viviendas, comprar muebles nuevos, quizá otro coche. Por otro lado, están los gastos relacionados con los abogados y en ciertos casos los servicios del psicoterapeuta o el consejero matrimonial. Para quienes ya atravesaban dificultades económicas antes de la separación, la ruptura supone frecuentemente un verdadero desastre.
Las parejas con niños deberán afrontar también el impacto que la crisis causa en los pequeños. En los primeros momentos, los hijos experimentan problemas de diverso orden que si bien en muchos casos son pasajeros, asustan y preocupan seriamente a los padres. Hay criaturas que sufren un retroceso en su desarrollo normal, se muestran ansiososs, vuelven a orinarse en la cama, dejan de comer, o tienen problemas de aprendizaje o de conducta en el colegio. Otros se tornan introvertidos, se apagan y se deprimen. Para los adolescentes la ruptura de los padres representa un choque emocional, pero también una injusticia, un agravio, por lo que su reacción suele ser de rabia e indignación.
Las consecuencias de la ruptura se han considerado históricamente más gravosas para la mujer. Sin duda, este resultado ha sido cierto hasta hace poco años, ya que las mujeres que optaban por la separación bajaban considerablemente de posición social o perdían por completo su seguridad económica. Aún peor, a menudo la sociedad las marginaba o las trataba como seres sin identidad propia, definiéndolas como mujeres sin marido, o solo en función de sus relaciones con los hombres. Ser viuda implicaba más respeto y consideración que estar separada o divorciada, estado que muchos hombres y mujeres solían asociar con connotaciones frívolas. Afortunadamente en los últimos años la situación de las mujeres separadas o divorciadas ha avanzado significativamente gracias a la mayor autonomía e igualdad de la mujer. Sin duda, ha cambiado mucho la percepción tan injusta como gratuita de la mujer separada, y hoy día son muchas las divorciadas que mantienen una imagen muy positiva de ellas mismas, se sienten tan seguras como los hombres, y son capaces de disfrutar una vida plena y gratificante.
Entre los nuevos separados, las sorpresas, las situaciones novedosas y los sentimientos inesperados no tienen fin. ¿Quién les iba a decir, por ejemplo, que la soledad sería tan dura como la compañía del cónyuge, por muy hostil o despegada que esta fuera? La parte que se queda con los hijos sufre este mismo sentimiento de aislamiento porque en el fondo la soledad está dentro de ellos mismos. Es darse cuenta de que la relación se acabó, de que el compañero se fue para no volver. Es sentirse desposeídos y desconectados del mundo, de ese mundo que conocían y al que pertenecían.
Por fin llega el día que quienes han decidido romper no tienen más remedio que comunicárselo a los demás. Sin embargo, nadie ha prescrito ni definido la forma socialmente aceptable de hacerlo, por lo que la mayoría de las parejas se encuentran en una situación incierta, análoga a la de tener que comunicar a otra persona una terrible noticia, como la muerte de un amigo. Al recibir la nueva la gente reacciona con sorpresa, con preocupación y no pocas veces también con curiosidad. Para quien lo cuenta resulta una tarea difícil, un tanto vergonzante y desde luego incómoda. Ante estas circunstancias se intenta agotar las explicaciones, las excusas, repartir la culpa, y sobre todo buscar comprensión y apoyo.
Por otra parte, si se opta por no informar a nadie de lo ocurrido, se produce el temor de causar sentimientos de exclusión o de sospecha entre los conocidos y amigos, lo que, a su vez, podría aumentar su desaprobación y resentimiento.
Algunas parejas rotas experimentan una sensación de intensa felicidad y de libertad inmediatamente después de separarse. Dicen sentirse libres, con energía y con mayores arrestos para enfrentarse a una nueva vida. Contemplan el futuro como una aventura, un desafío apasionante, un reto del destino. Se les ve más animados y sociables, con más entusiasmo que nunca. Cuando uno les pregunta acerca de lo sucedido, insisten en que la ruptura ha sido una bendición del cielo, la mejor decisión de su vida. Lo único que añoran es no haber dado el paso mucho antes. En gran medida estas emociones liberadoras responden al alivio que muchos experimentan tras poner término al amargo proceso de la separación o del divorcio, a los largos meses o años de dudas, conflictos, desavenencias y sufrimientos.
Otras parejas, que se separan tras años de soñar con alcanzar la libertad e independencia en sus vidas, se sienten, por fin, totalmente liberadas de la prisión del matrimonio. Estos sentimientos de autonomía y desahogo suelen ser muy frecuentes en las mujeres, especialmente entre aquellas amas de casa que tras romper emprenden una carrera o deciden trabajar fuera del hogar. Si tienen éxito y lo consiguen la intensa gratificación que experimentan proviene de la libertad que han adquirido, de no tener que depender más de un hombre, ni de nadie.
Tras la separación se suele generar una especie de renacimiento de la sexualidad, lo que contribuye a crear sentimientos de euforia o bienestar. La liberación de las ataduras de la pareja estimula en muchos hombres y mujeres la necesidad de socializar, de relacionarse con otros y de experimentar aventuras románticas o sexuales. Sin embargo, estas relaciones suelen ser impulsivas, breves y de poco calado afectivo.
Los sentimientos de dicha, euforia y optimismo que se producen entre las recientes parejas rotas son más bien frágiles y pasajeros. Casi siempre se desmoronan con un pequeño rechazo por parte de un amigo, una leve contrariedad o un simple contratiempo en el trabajo. Tarde o temprano, por una causa o por otra, la bonanza de los primeros momentos se torna en angustia, tristeza, soledad y miedo.
Una de las características más comunes de los nuevos separados es precisamente este cambio repentino de estado de ánimo. De hecho, ellos mismos describen cómo en medio de una depresión, de súbito y sin ningún motivo aparente, se sienten invadidos por el entusiasmo y la alegría. En breves segundos, basta la melodía de una canción, la mirada casual a una fotografía o el hallazgo accidental de un objeto olvidado, para que les vuelva a asaltar la tristeza, las piernas les tiemblen, el estómago se haga un nudo y las lágrimas comiencen a brotar.
Lo peor de estos cambios repentinos de talante es que aumentan el grado de desorientación e incertidumbre. Para empezar, estas parejas rotas no saben la mayor parte de las veces cómo deben sentirse después de la separación. Por lo general, sabemos cómo reaccionar en un funeral o en una boda, pero nadie nos ha instruido sobre cómo debemos sentirnos tras un divorcio, con las innumerables dudas y conflictos que provoca esta situación. Hay que tener presente que aunque la ruptura de la pareja haga daño, también es cierto que es un acto restaurador, porque implica la solución de un problema doloroso, un desenlace que en muchos casos es creativo y da lugar a nuevas esperanzas.
En cualquier caso, es evidente que el sentimiento que predomina entre las parejas rotas es el rencor. A veces el odio es tan abrumador que ellos mismos llegan a preguntarse si están en su sano juicio. Entre los más inhibidos, esos hombres y mujeres que o no son totalmente conscientes de su cólera o son incapaces de expresarla, son frecuentes los trastornos físicos, especialmente la hipertensión, las úlceras de estómago o los dolores de cabeza, y las pesadillas violentas. Porque estas personas reprimidas a menudo experimentan vívidamente el resentimiento o la necesidad de revancha en los sueños. En ocasiones vuelven su ira contra sí mismos y se autocastigan, se deprimen, sufren accidentes y hasta abrigan fantasías de suicidio. Hay también quienes enloquecen, van más allá de las fantasías o de las palabras, y cometen actos brutales de agresión contra la pareja que fue, para seguidamente espantarse de lo que han hecho. Nunca se pudieron imaginar que serían capaces de tales extremos.
Sin duda, las parejas más desafortunadas son aquellas que abrumadas y confundidas son incapaces de enfrentarse a su problema y se sienten paralizadas para tomar cualquier decisión. Son aquellos hombres y mujeres totalmente ineptos para comunicarse entre ellos, con los hijos o con terceras personas. Algunos acaban obsesionados con llevar a cabo la venganza salvaje y se hunden en el abismo del odio y del revanchismo. Los hay también que optan por raptar a los hijos, desapareciendo con ellos. A la larga, estas conductas impulsivas provocan más dolor, tanto en ellos como en las criaturas. Porque hasta que no se enfrenten con los múltiples desafíos de la ruptura y traten de superarlos racionalmente, no les será posible conseguir un mínimo de alivio y estabilidad emocional.
Ciertas parejas ademas de atentar físicamente contra el compañero y sus propiedades, planean con todo cuidado la destrucción de la parte más vulnerable de su adversario: la reputación. Se lanzan a relatar a diestro y siniestro las historias y detalles más íntimos y personales de su antiguo consorte, exagerando los defectos o los aspectos que consideran más humillantes. Quienes escuchan, sorprendidos, casi nunca se atreven a confirmar los hechos, pero nunca los olvidan. El motivo aparente de este comportamiento suele ser la revancha, pero en el fondo se trata de la amargura que acompaña al desgarramiento de los lazos que les unían.
La otra cara de esta moneda son los recuerdos gratos y entrañables del pasado, evocaciones que las parejas rotas utilizan a menudo para atormentarse. De hecho, las fantasías de reconciliación son muy frecuentes. Algunos incluso anhelan estar juntos o hacer el amor. Entre lágrimas se escriben largas cartas que no se enviarán nunca. Estas emociones pueden llegar a ser tan intensas y conflictivas que no es raro que las parejas rotas se citen de nuevo y vuelvan a verse en situaciones cargadas de seducción, para después avergonzarse por haber actuado tan impulsivamente.
Existen parejas que intentan de hecho la reconciliación, para a los pocos días o semanas convencerse finalmente de que tales proyectos de reparación no son más que una nueva prueba de que la vieja relación no tiene cura. En ciertos estudios se ofrece una cifra de hasta un 50 por 100 de parejas divorciadas que en algún momento piensan seriamente en la posibilidad de reconciliarse. Por lo general, la tentativa es breve y no dura más que escasos días. En la mayoría los sentimientos positivos residuales languidecen durante los primeros meses que siguen a la separación oficial. Las razones son evidentes: el irremediable rencor, las complicaciones legales y sobre todo, el dolor inherente a la ruptura. En otros casos la desaparición de las cenizas de añoranza es también el resultado de la nueva vida o del establecimiento de nuevas relaciones. En definitiva, el sufrimiento que implica el proceso de ruptura en la pareja cumple siempre un objetivo: ayudar a cortar las ataduras de la vieja unión.
Hay autores que han comparado la ruptura con una guerra civil que estalla en un país tan dividido ideológicamente que se desgarra en dos bandos enemigos. Pero a diferencia de lo que suele ocurrir en las guerras, en el proceso de separación o divorcio la paz no se negocia durante una tregua, sino en el curso de la batalla más sangrienta, en la ofensiva final. Y es que desafortunadamente las leyes que regulan la ruptura en muchas sociedades fomentan tales contiendas y hacen posible que los cónyuges se torturen mutuamente con todo tipo de humillaciones, chantajes, amenazas y castigos. Ante estas circunstancias, todo el que quiere aprovecharse de alguna situación, lo hace, mientras el que desea vengarse, lo consigue igualmente.
Resulta verdaderamente increíble incluso para los profesionales acostumbrados a trabajar con parejas en crisis, el grado de crueldad que los cónyuges en proceso de ruptura están dispuestos a utilizar el uno contra el otro. Tal vez la única excepción sean las parejas muy jóvenes, sin hijos ni propiedades, que rompen al poco tiempo de haberse casado, escapan de la tortura del proceso legal y concluyen su relación de una forma rápida y relativamente pacífica.
Es preciso mencionar aquí el impacto de las obligaciones y responsabilidades que contraen las parejas después de su separación, exigencias derivadas de los compromisos legales para el mantenimiento de los hijos, los derechos de visita a los pequeños o la pensión otorgada al ex cónyuge. A veces estas ataduras duran años y en ciertos casos son vitalicias. Es típico, por ejemplo, el caso del hombre que aunque nunca ve a la mujer que fue su compañera, se siente encolerizado y humillado cada vez que extiende el cheque para cubrir la pensión fijada por el juez. Igualmente existen mujeres que se gratifican o se sienten vengadas al recibir esta pensión, mientras que muchas otras se enfurecen o se sienten estafadas por lo exiguo de la cantidad. Tampoco es extraño el caso de los hombres que se vengan de las mujeres retrasando deliberadamente el envío del cheque o mandando una cantidad menor de la estipulada bien por el juez o de mutuo acuerdo.
Aparte del dinero el mayor instrumento de venganza al alcance de las parejas que se separan son los hijos. Aunque la mayoría de los padres en principio están de acuerdo en que no se debe usar a los hijos como arma, lo cierto es que unos conscientementey otros sin darse cuenta los utilizan.
Unas veces se trata de presionar al otro con el fin de conseguir algo, otras la intención es castigarle o hacerle sentirse culpable por el incumplimiento de sus obligaciones monetarias, negándole el derecho de visita a las criaturas hasta recibir el dinero acordado.. Una de las formas más destructivas y perjudiciales de manipulación de los niños en estas peleas postmaritales es usarlos como confidentes o mensajeros para dibujar a la ex pareja como un mal padre o una mala madre, o acusarla de ser responsable del fracaso de la relación, el motivo de la desintegración del hogar.
El resentimiento entre los divorciados suele tardar años en desaparecer. Se ha dicho que con excepción de una pocas que se odian profundamente para siempre, la mayoría de las parejas rotas estarían dispuestas a ayudarse en caso de emergencia. La verdad es que después de un tiempo casi todas logran reconstruir sus vidas independientes y satisfacer sus necesidades emocionales a través de nuevas relaciones. Al mismo tiempo, van perdiendo el deseo de participar en la vida de sus ex cónyuges y llegan a conseguir un distanciamiento, a medida que el fuego del odio se debilita, dejando quizá sólo unas cenizas remanentes de rencor. Finalmente, llega el día en el que quienes logran llenar el vacío que dejó la ruptura no miran más a sus antiguos compañeros ni como amigos ni como enemigos reconfiguran su existencia con otras uniones genuinas y afectivas y se sienten de nuevo gratificados por la vida.
En cuanto a los residuos sentimentales por mucho que se borren siempre dejan una marca diferente a los de cualquier otra relación. Bien sea por sus raíces profundamente ancladas en el pasado, bien por las heridas inolvidavles que se infligieron, o bien por lo momentos románticos y de felicidad que un día disfrutaron, algún poso siempre queda una mezcla de suspicacia y de recelo, en definitiva una amarga añoranza.
Tarde o temprano a medida que tratan de adaptarse a su nueva condición las parejas que rompen intentan buscar sus explicaciones y racionalizar lo ocurrido. En este proceso, unos acusan al cónyuge, otros se condenan a sí mismos y algunos culpan a circunstancias irremediables. Pero todos sin excepción se construye poco a poco su propio argumento, su explicación, una historia subjetiva sobre el matrimonio, sus conflictos, sus fallos, sus luchas y su fracaso final. Tanto si la historia se ajusta a los hechos como si se trata de meras impresiones o de excusas, este proceso explicativo es indispensable para poder superar los sentimientos de duda, culpabilidad y rencor.
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Aunque se considere que el amor es el motivo fundamental para contraer matrimonio tan solo recientemente se ha comenzado a aceptar que la falta de amor es razón suficiente para romper la relación. Hasta hace pocos años era necesario que uno de los cónyuges demandase al otro por graves transgresiones de conducta o claro incumplimiento de las obligaciones maritales: adulterio, alcoholismo, malos tratos o abandono del hogar. Casi siempre el inculpado era el hombre. Pero más recientemente se han ido aceptando otras razones para la separación y el divorcio, justificaciones más sutiles o “civilizadas” como el sufrimiento emocional o la crueldad mental, que ya se encuentran entre los argumentos más frecuentes. Hoy día, la simple incompatibilidad de caracteres o la separación temporal de la relación se aceptan normalmente como motivos de ruptura, y están ganando popularidad frente a las causas más extremas y dramáticas que se invocaban antiguamente.
No obstante, aunque cambien las leyes de la separación o del divorcio, las razones reales por las que las parejas se rompen no suelen variar. Lo que ocurre es que con la ayuda de los abogados, se alegan motivos diversos para ajustarse a la legislacion vigente en el momento. Por ejemplo, la llamada “incompatibilidad de caracteres” es una causa muy aceptada e invocada de mutuo acuerdo porque implica la inexistencia de culpabilidad de ninguna de las partes, lo que permite a la pareja que se separa proteger mejor su dignidad y quizá romper sin crueles enfrentamientos y luchas, sin escándalos o sin tener que mentir bajo juramento ante el juez, cualquiera que haya sido la situación dentro del matrimonio. De hecho, un motivo de ruptura que hoy alegan bastantes parejas es: “con el tiempo crecimos en diferentes direcciones” o “desarrollamos intereses opuestos”, lo que a su vez constatan con claros síntomas de aburrimiento, apatía sexual, falta total de entusiasmo o una profunda divergencia de metas, aficiones y gustos.
En definitiva en los motivos para romper tienen tanto peso los sentimientos de odio y de venganza como la necesidad de encontrar una explicación a lo sucedido.
Es evidente que la legalización de la ruptura ha coincidido con un verdadero disparo en las cifras de parejas rotas, pero esto no nos explica qué es realmente lo que hace fracasar a tantos matrimonios, cuál es la naturaleza del descontento de tantos hombres y mujeres, y al mismo tiempo, cómo es que existen tantas parejas desdichadas que aun contando con un acceso fácil a la separación, no se atreven a dar el paso y continúan siendo infelices en su relación.
El aumento de las separaciones y divorcios ha sido también atribuido a la creciente tolerancia religiosa a su mayor aceptación social y cultural y a la mayor predisposición a separarse de quienes tienen padres ya divorciados. Por otra parte se culpa también a los avances tecnológicos, al impacto de los medios de comunicación, sobre todo la televisión y a la evolución del modelo tradicional de familia extensa hacia el hogar nuclear, más reducido y autónomo.
Otras razones incluyen los avances en las causas femeninas y las mejoras del papel social de la mujer, su autonomía y nivel económico. Pero a pesar de la posible influencia de todos estos factores, desde un punto de vista personal, es evidente que las parejas que se rompen no invocan el progreso, el movimiento feminista o los medios de comunicación como razones o excusas que expliquen su fracaso, su desgracia y sufrimiento. Cuando los hombres y mujeres se encuentran en trance de ruptura necesitan explicaciones que tengan sentido y que ayuden a poner en claro el caos personal por el que atraviesan.
En las parejas rotas a menudo los cónyuges se culpan mutuamente de lo ocurrido. Los relatos personales, sin embargo, no suelen ser exposiciones objetivas o imparciales de lo sucedido durante la ruptura, asumiendo que se pudiera alcanzar la objetividad en circunstancias tan complicadas y tirantes. De hecho las descripciones que ofrece cada cóyuge son casi siempre dispares no sólo porque cada uno describe versiones diferentes de los mismos sucesos, sino porque relatan sucesos completamente distintos. Con todo, hay ciertas explicaciones que tienden a repetirse.
Una justificación es que la relación funcionó mal desde el comienzo y la separación no es más que una forma de rectificar el erro original.
Otra afirmación también frecuente es que a medida que pasaba el tiempo cada uno evolucionó por su lado o uno de ellos necesitaba más libertad e independencia de lo que le permitía el otro. Algunos culpan al compañero de problemas serios, como gastarse frívolamente el dinero destinado a la manutención de la familia, beber alcohol en exceso, abusar de drogas, comportarse violentamente con la pareja o los hijos o sufrir una enfermedad mental grave.
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