jueves, 21 de octubre de 2010

la integración regional, el libre comercio y la política de la riqueza de las naciones

La afirmación de Mandeville era que el bienestar público provenía de los vicios privados.

Si el vicio era la fuerza propulsora del bienestar, quien prendiera fuego a Londres por los cuatro costados sería un héroe por todo el empleo y la riqueza que se crearía así, desde los leñadores y aserradores hasta los albañiles y carpinteros. La fórmula para resolver este problema y consolidar la teoría de la economía de mercado fue bien expresada por el economista milanés Pietro Veri en 1771: “El interés privado de cada individuo, cuando coincide con el interés público, es siempre el garante más seguro de la felicidad pública”. En aquella época era obvio que en una economía de mercado esos intereses no estaban siempre en perfecta armonía. Se suponía que el papel del legislador consistía en promover medidas que aseguraran que los intereses individuales coincidían con los públicos.

En 1913 Werner Sombart pubicó dos libros en los que caracterizaba esos elementos como fuerzas impulsoras del capitalismo, Guerra y Capitalismo y Lujo y Capitalismo (que en su segunda edición de 1922 fue atrevidamente rebautizada como Amor, Lujo y Capitalismo, el título que deseaba originalmente su autor). El rey Christian V de Dinamarca y Noruega (1670-1699) describía sus “principales pasiones” de una forma muy acorde con el esquema de Sombart: “la caza, la vida amorosa, la guerra y los asuntos navales”. Una gestión financiera austera solía considerarse recomendable para poder atender a los intereses de la guerra y a las amantes reales.

En cuanto se entiende el capitalismo como sistema de competencia imperfecta y consecuencias no pretendidas, y no como un sistema de mercados perfectos, se puede aprovechar esa caraterización para modelar políticas económicas juiciosas.

Hacia finales del siglo XV -en la época en que Colón llegó a América- los venecianos crearon, a partir de la comprensión del progreso como un subproducto de la guerra y el gasto público, una nueva institución: las patentes. Al conceder a quien inventaba algo su monopolio durante siete años -el periodo normal para el aprendizaje de un artesano- los inventores podían gozar de los beneficios de los nuevos conocimientos obtenidos hasta entonces principalmente como subproducto de inversiones públicas muy meditadas. El progreso era la consecuencia de una competencia dinámica imperfecta. Una institución gemela de las patentes, conscientemente creada poco más o menos en aquella misma época, era la protección arancelaria, destinada a facilitar que las invenciones arraigaran en nuevas áreas geográficas.

Cuando era importante construir una línea de defensa para proteger a Asia y Europa frente a la amenaza comunista, Estados Unidos entendió que la forma de crear riqueza era industrializar los países que tenían frontera con el comunismo -desde Noruega y Alemania hasta Corea y Japón- y apoyar con entusiasmo ese proyecto, económica, política y militarmente. Pero cuando desapareció la amenaza comunista, los países desarrollados comenzaron rápidamente a aplicar una política económica parecida en sus peores aspectos a la vieja política colonial británica, que tenía el efecto opuesto en los países pobres. Los propios Estados Unidos se industrializaron oponiéndose a esa política de libre comercio prematuro, contra la que Roosvelt, con gran autoridad moral, le plantó cara a Churchill y su política colonial durante la segunda guerra mundial.


Durante las décadas de 1950 y 1960, cuando los países cercanos al Segundo Mundo se industrializaron con gran éxito, Estados Unidos sabía muy bien cómo hacer ricos a los países pobres: mediante su propia estrategia durante el siglo XIX. ¿Cómo ha podido suceder que los gobiernos estadounidenses hayan dejado de entender el vínculo entre industrialización y “civilización”, percibido tan claramente desde George Washington hasta George Marshall? ¿Cómo ha llegado a suceder que Occidente, en lugar de contribuir a mejorar el bienestar mundial -como hizo Estados Unidos después de la segunda guerra mundial- protagonice ahora terribles carnicerías en fútiles intentos de llevar a bombazos a países preindustriales a la democracia? A nuestra mente acude la expresión “ignorancia oportunista” de Gunnar Myrdal cuando este o aquel país parece incapaz de reconocer que determinadas medidas atentan contra sus propios intereses inmediatos. En ese marco, la vieja definición de un liberal (en el sentido europeo), como “alguien cuyos intereses no se ven amenazados por el momento” parece cada vez más apropiada.

“Resulta notable que las teorías económicas sobrevivan mucho después de que su base científica haya desaparecido”, comentaba el economista estadounidense Simon N. Patten en 1904, refiriéndose a la misma economía del equilibrio que todavía sobrevive hoy día. ¿Qué tipo de mecanismos protegen teorías tan palmariamente inadecuadas? Los intereses creados son, obviamente, un factor importante; algunos países tienen intereses a corto plazo en el libre comercio con otros países desesperadamente pobres, pero no parece favorecer los intereses del capitalismo como sistema que aproximadamente la mitad de la población mundial carezca en la práctica de capacidad de compra, de forma que hasta los intereses creados pueden juzgarse extremadamente miopes.


Un factor adicional es que la teoría dominante parece estar protegida por la propia naturaleza humana. En lugar de cuestionar su teoría favorita, cada uno busca explicaciones fuera de ella. El núcleo del Consenso de Washington no se corrige a nivel político. La lógica subyacente es poco más o menos ésta: dado que mi teoría, con su elegancia matemática, es perfecta (lo que queda demostrado por la caída del Muro de Berlín) las explicaciones deben estar en algún otro lugar, fuera de mi marco teórico. Hoy día esto lleva a los economistas a internarse en dominios en los que a menudo no son más que aficionados, como la geografía, la climatología y la epidemiología. Existe un interesante paralelismo a este respecto con las postrimerías de la primera oleada de globalización, a principios del siglo XX. El antropólogo Eric Ross apunta a la relación entre economía y eugenesia (higiene racial) que se desarrolló en aquella época. Aquella primera oleada de globalización generó colonias pobres, carentes de industria, cambio tecnológico, rendimientos crecientes, división del trabajo avanzada y sinergias entre distintas actividades económicas. Dado que el problema no podía residir en la teoría económica, había que hallar factores ajenos a la economía. El economista estadounidense más influyente de la época, Irving Fisher (1867-1947), era también la persona más influyente en el movimiento eugenésico estadounidense; John Maynard Keynes (1883-1946) fue vicepresidente de la Sociedad Eugenésica Inglesa. La raza servía para explicar la pobreza en las colonias, exonerando así de críticas a la prohibición de la producción industrial y dejando intacta la teoría ricardiana del comercio. Los africanos no eran pobres porque no se les hubiera permitido industrializarse, sino porque eran negros. Hoy día, cuando insistimos en el papel de la corrupción en la pervivencia de la pobreza, somos un poco más correctos políticamente. Los africanos ya no son pobres porque sean negros, son pobres porque los negros son corruptos. En último término, la diferencia es casi inapreciable.

Si no existe un empleo alternativo fuera del sector que depende de los recursos naturales, la población se verá obligada a vivir únicamente de éstos. A partir de determinado momento se necesitará más trabajo para producir la misma cantidad y esto creará una presión a la baja sobre el nivel salarial nacional. Supongamos que un país, digamos Noruega, fuera el más dotado del mundo para producir zanahorias. Después de dedicar la mejor tierra cultivable a la producción de zanahorias para el mercado mundial, más pobre sería. Para Australia, rica en recursos, ése fue el argumento clave que impulsó al país a crear un sector industrial, aunque fuera menos eficiente que los de los principales países industriales, el Reino Unido y Estados Unidos. La existencia de un sector industrial establece un nivel salarial nacional que evita que el país se deslice por la pendiente de los rendimientos decrecientes, dando lugar a una producción excesiva que lo lleve a la pobreza o vaciando el océano de peces y las minas de su mineral. En mi artículo “Diminishing Returns an Economics Sustainability: The Dilemma of Resource-based Economies under a Free Trade Regime” (Rendimientos decrecientes y sostenibilidad económica: El dilema de las economías basadas en los recursos naturales bajo un régimen de libre comercio) paso revista a los problemas ambientales que resultan de hacer que los países pobres se especialicen en actividades con rendimientos decrecientes.

Un país que se especializa en la producción de materias primas en el marco de la división internacional del trabajo experimentará -en ausencia de un mercado laboral alternativo- el afecto opuesto al que experimenta Microsoft: cuanto más aumente la producción, más altos serán los costes de pruducción de cada nueva unidad. A este respecto la profesión del pintor de brocha gorda es relativamente neutral, ya que trabaja con rendimientos constantes. La forma y velocidad de la globalización durante los últimos veinte años ha dado lugar a la desindustrialización de muchos países, llevándolos a una situación caracterizada por el predominio de rendimientos decrecientes.

La diferencia de opinión reside en el contexto y la velocidad con que se establece el libre comercio y se explican los diferentes planes. El libre comercio puede ser hoy día esencial para Noruega, mientras que puede ser muy destructivo para otro país en una situación muy diferente. Veremos que los mayores adversarios del libre comercio a corto plazo han sido también sus partidarios más encarnizados a largo plazo han sido también sus partidarios más encarnizados a largo plazo. Opinan que distintas situaciones requieren distintas soluciones. La teoría económica actual es tan abstracta que está incapacitada para tener en cuenta la situación concreta de los diversos países.

Al mismo tiempo, la demanda del nuevo producto presenta una curva en forma de ese: primero crece lentamente, luego exponencialmente hasta que se satura el mercado, y una vez que esto sucede -cuando prácticamente todo el mundo tiene automóvil, friegaplatos o teléfono- la curva de crecimiento se estabiliza haciéndose prácticamente horizontal porque sólo queda el mercado de sustitución. Como podemos observar en el mercado de teléfonos móviles, es posible mantener esa curva a un nivel alto mediante pequeñas innovaciones y nuevas modas, añadiendo “campanillas y silbatos”. Esas tres fases se suceden de forma muy parecida en el ciclo vital de cualquier producto. En la gráfica, la zona entre las líneas de puntos es aquella en la que el cambio tecnológico tiene el mayor potencial para aumentar el nivel de vida de un país. El nivel salarial en las dos últimas colonias internas de Europa -Irlanda y Finlandia- se ha visto catapultado por los cambios tecnológicos durante los últimos veinte años, cuando esos dos países se lanzaron adelante, liderando al resto, por la curva de aprendizaje de decrecimiento extremadamente rápido de las tecnologías de la información y de la comunicación. Lo que debemos entender es que es imposible alcanzar semejante aumento salarial basándose en empresas con curvas de aprendizaje planas. Las declaraciones que señalan a determinado país como “la Irlanda de tal o cual región” no son más que demagogia vacía a menos que se pueda domeñar e internalizar una importante curva de aprendizaje en el momento de rápido decrecimiento, como sucedió en Irlanda y Finlandia. El crecimiento económico depende de la actividad, en el sentido de que en cada momento son pocas las actividades económicas.

Son las innovaciones, más que los ahorros y el capital per se, las que acrecientan el bienestar. Desde ambos extremos del espectro político, Karl Marx y Joseph Schumpeter se muestran de acuerdo en la esterilidad del capital como Alicia en el País de las Maravillas cuando la Reina de Corazones le dice a Alicia: “Así de rápido tendrás que correr para permanecer en el mismo sitio”. En la economía global sólo se puede conservar el bienestar mediante innovaciones continuas. Si el principal constructor de buques de vela se dormía en los laureles corría el riesgo de despertar de repente en un sector en el que los salarios y el empleo se hundían irremisiblemente al hacerse con el mercado los buques de vapor. Schumpeter decía que el capitalismo es como un hotel en el que siempre hay alguien en la suite de lujo, aunque sus ocupantes estén cambiando constantemente. El mejor productor de lámparas de queroseno se arruinó en pocos meses con la aparición de la electricidad. El status quo conduce inevitablemente a la pobreza. Es esto precisamente lo que hace tan dinámico al sistema capitalista, pero ese mismo mecanismo también contribuye a crear enormes diferencias entre países ricos y países pobres. Sin embargo, cuando mejor entiende uno esa dinámica más puede hacer para ayudar a los países subdesarrollados a salir de su pobreza.

La economía global se puede entender en muchos aspectos como un esquema piramidal -una jerarquía de conocimientos- en la que aquellos que invierten continuamente en innovaciones permanecen en la cumbre del bienestar. No se trata realmente de eficiencia, ya que está muy claro que a un conserje extremadamente eficiente le va mucho peor en el mundo subdesarrollado que a un abogado mediocre en Suecia, o incluso que a un conserje incompetente en Suecia. El escalón más bajo de esa jerarquía está ocupado, por ejemplo, por los productores de pelotas de béisbol más eficaces del mundo en Haití y Honduras. Se muestra la economía mundial como una jerarquía de habilidades, enumerando los factores que caracterizan las actividades de alta calidad situadas en los puestos altos (como la fabricación de pelotas de golf) y las actividades de baja calidad situadas en los más bajos (como la fabricación de pelotas de béisbol).


Incluso en mi propio país, Noruega, la idea de que la industrialización contribuiría a construir el país fue extremadamente importante. En 1814, a raíz de las guerras napoleónicas, Noruega fue cedida por Dinamarca a Suecia. En junio de 1846 el parlamento británico aprobó la famosa derogación de las Leyes del Grano que eliminaba las restricciones a su importación, un acontecimiento celebrado hoy día como el gran avance del libre comercio. Pero se habla poco de lo que sucedió a continuación. En marzo de 1847, menos de un año después del “gran avance”, la comisión arancelaria sueco-noruega presentó un informe en el que los miembros noruegos preconizaban un aumento de los aranceles sobre los artículos suecos, mientras que Suecia, la “potencia colonial”, pretendía una unión aduanera plena. Uno de los argumentos empleados era que el tesoro noruego necesitaba los ingresos aduaneros, pero como dice el historiador noruego John Sanness, “el argumento principal era que la endeble industria noruega se habría visto asfixiada si no contaba con protección aduanera frente a la industria sueca, más fuerte y madura”. Al final Noruega obtuvo esa concesión, y todos estuvieron de acuerdo en que su efecto había sido beneficioso. El gran debate de la época sobre política económica no era si había que proteger la industria -algo en lo que estaban de acuerdo casi todos- sino cómo se debía realizar esto. Hoy día la endeble industria del Tercer Mundo se ve sofocada por el mismo libre comercio del que Noruega se pudo defender durante un siglo. El hecho de que Noruega necesite hoy día el libre comercio no significa que lo necesitara hace ciento cincuenta años, ni que los países pobres lo necesiten ahora.

Resulta llamativo que incluso un país como Noruega, que durante tanto tiempo fue una especie de colonia y en la que actualmente se desarrollan varias iniciativas destinadas a hacer del mundo un lugar mejor, haya “olvidado” la estrategia por la que combatíamos: construir una industria propia y lograr el crecimiento económico. Hemos olvidado que un pilar central de nuestra construcción de la nación fue una política industrial opuesta a los principios que hoy día imponemos al Tercer Mundo. Después de la segunda guerra mundial el gobierno laborista, ayudado por el plan Marshall, reindustrializó Noruega con mucho éxito. El gobierno actual, encabezado por el mismo partido laborista, se dedica a prohibir a otros las medidas políticas que nos hicieron ricos a nosotros, y sin embargo pretendemos ser líderes en economía paliativa aliviando los síntomas de la pobreza.

Erik Reinert es profesor de Tecnología, gobernación y desarrollo de estrategias en la Universidad Tecnológica de Tallin, en Estonia, y presidente de The Other Canon Foundation, en Noruega. Es uno de los economistas de desarrollo heteredoxos líderes mundiales, y autor de Globalization, Economic Development and Inequality: An Alternative Perspective (2004).


La escala es importante, y la expresión de Schumpeter “rendimientos crecientes históricos” describe útilmente la combinación del cambio tecnológico con los rendimientos crecientes que está en el núcleo del desarrollo económico; separable en teoría pero inseparable en la práctica. Ni la fábrica de automóviles de Ford ni el imperio Microsoft podrían existir en versiones reducidas susceptibles de estudio, por lo que es imposible saber qué parte de aumento de productividad se debe al cambio tecnológico y qué parte a la escala. La escala significa que el tamaño del mercado sí importa, y el núcleo de la pobreza reside en el círculo vicioso de la carencia de capacidad de compra y por consiguiente de demanda que impide escalar la producción. Como he mencionado anteriormente, el comercio entre países que se hallan aproximadamente al mismo nivel de desarrollo siempre es beneficioso. Debido a la enorme diversidad de producción que llega con el aumento de riqueza, los pequeños países ricos -como Suecia y Noruega- tienen mucho que venderse entre sí. A pesar de su mercado de sólo cuatro millones y medio de habitantes, Noruega es el tercer mercado de exportaciones para Suecia, no muy por detrás de Alemania y Estados Unidos. Éste es el tipo de relaciones comerciales que deberían crearse también entre los países actualmente pobres, pero con frecuencia tienen poco que venderse mutuamente. Del mismo modo que las negociaciones de la OMC, la integración ha sido como un tren que va en la dirección equivocada. Lo mejor que puede suceder a corto plazo es que se detenga.

En lugar de la integración regional, lo que vemos en Latinoamérica y África es justamente lo contrario. Como consecuencia de los acuerdos comerciales bilaterales con Estados Unidos, los países latinoamericanos más pequeños se están anquilosando en el extremo inferior de la jerarquía salarial mundial como economías de monocultivo, ya sea en materias primas o en callejones tecnológicos sin salida. La economía africana, escindida en una docena de distintos acuerdos comerciales y como consecuencia de la competencia entre la Unión Europea y Estados Unidos, se está desintegrando. En lugar de llegar a la necesaria integración regional, África está siendo socavada económicamente hoy día como lo fue políticamente por las potencias europeas en la Conferencia de Berlín de 1884-1885. El resultado es lo que los africanos llaman descriptivamente “el cuenco del espagueti”; si se dibuja en un papel la pauta de las relaciones comerciales entre distintos países africanos presenta tantas líneas que parecen espaguetis entrelazados. En lugar de incrementar la integración regional, el comercio intercontinental está sustituyendo prematuramente al comercio regional: la Unión Europea presiona para que Egipto compre sus manzanas, sustituyendo al Líbano que ha sido el proveedor de Egipto desde hace siglos. La globalización orquestada por el Consenso de Washington golpea prematura y asimétricamente a un grupo de países especializados en ser pobres en la división mundial del trabajo. La “destrucción creativa” de Schumpeter se reparte ahora geográficamente, de forma que la creación y la destrucción tienen lugar en distintas partes del mundo: éste es el núcleo de la economía del desarrollo schumpeteriana.En lugar de la integración regional, lo que vemos en Latinoamérica y África es justamente lo contrario. Como consecuencia de los acuerdos comerciales bilaterales con Estados Unidos, los países latinoamericanos más pequeños se están anquilosando en el extremo inferior de la jerarquía salarial mundial como economías de monocultivo, ya sea en materias primas o en callejones tecnológicos sin salida. La economía africana, escindida en una docena de distintos acuerdos comerciales y como consecuencia de la competencia entre la Unión Europea y Estados Unidos, se está desintegrando. En lugar de llegar a la necesaria integración regional, África está siendo socavada económicamente hoy día como lo fue políticamente por las potencias europeas en la Conferencia de Berlín de 1884-1885. El resultado es lo que los africanos llaman descriptivamente “el cuenco del espagueti”; si se dibuja en un papel la pauta de las relaciones comerciales entre distintos países africanos presenta tantas líneas que parecen espaguetis entrelazados. En lugar de incrementar la integración regional, el comercio intercontinental está sustituyendo prematuramente al comercio regional: la Unión Europea presiona para que Egipto compre sus manzanas, sustituyendo al Líbano que ha sido el proveedor de Egipto desde hace siglos. La globalización orquestada por el Consenso de Washington golpea prematura y asimétricamente a un grupo de países especializados en ser pobres en la división mundial del trabajo. La “destrucción creativa” de Schumpeter se reparte ahora geográficamente, de forma que la creación y la destrucción tienen lugar en distintas partes del mundo: éste es el núcleo de la economía del desarrollo schumpeteriana.En lugar de la integración regional, lo que vemos en Latinoamérica y África es justamente lo contrario. Como consecuencia de los acuerdos comerciales bilaterales con Estados Unidos, los países latinoamericanos más pequeños se están anquilosando en el extremo inferior de la jerarquía salarial mundial como economías de monocultivo, ya sea en materias primas o en callejones tecnológicos sin salida. La economía africana, escindida en una docena de distintos acuerdos comerciales y como consecuencia de la competencia entre la Unión Europea y Estados Unidos, se está desintegrando. En lugar de llegar a la necesaria integración regional, África está siendo socavada económicamente hoy día como lo fue políticamente por las potencias europeas en la Conferencia de Berlín de 1884-1885. El resultado es lo que los africanos llaman descriptivamente “el cuenco del espagueti”; si se dibuja en un papel la pauta de las relaciones comerciales entre distintos países africanos presenta tantas líneas que parecen espaguetis entrelazados. En lugar de incrementar la integración regional, el comercio intercontinental está sustituyendo prematuramente al comercio regional: la Unión Europea presiona para que Egipto compre sus manzanas, sustituyendo al Líbano que ha sido el proveedor de Egipto desde hace siglos. La globalización orquestada por el Consenso de Washington golpea prematura y asimétricamente a un grupo de países especializados en ser pobres en la división mundial del trabajo. La “destrucción creativa” de Schumpeter se reparte ahora geográficamente, de forma que la creación y la destrucción tienen lugar en distintas partes del mundo: éste es el núcleo de la economía del desarrollo schumpeteriana.

La experiencia también significa aprovechar inteligentemente las modas de la economía internacional relacionándolas con el contexto nacional propio. En la década de 1990 el libro The Competitive Advantage of Nations de Michael E. Porter puso en el candelero las “aglomeraciones (clusters) nacionales”. Teniendo presente que el marco de referencia principal de Porter era Estados Unidos, si uno tiene la responsabilidad del sector industrial en un país pequeño como San Marino deseará atenuar el elemento “nacional”. Si no se percibe que el objetivo subyacente de las “aglomeraciones nacionales” son las innovaciones, se puede acabar apoyando la exitosa aglomeración Noruega para exportar bloques de hielo: lagos helados, serrín para el aislamiento y navieras internacionales. Aquella efímera aglomeración murió con el invento del frigorífico.

El historiador y filósofo musulmán Ibn Jaldún (1332-1406) ofrecía una descripción del desarrollo de la civilización que iba desde las tribus nómadas del desierto, organizadas en clanes determinados por relaciones de parentesco, hasta el florecimiento de la ciudades, pasando por la mejora progresiva de la agricultura. Los habitantes de la ciudad incurrían en el lujo, y a medida que aumentaban sus deseos la ciudad tenía que recurrir a impuestos cada vez mayores. Las reclamaciones de igualdad de sus parientes de clan le llevaba a recurrir a la ayuda de ejércitos extranjeros, debido a la decadencia combativa de sus propios guerreros. El Estado caía así en la decrepitud y con el tiempo era pues de un nuevo grupo de nómadas, que pasaban luego por la misma experiencia. En el marco preindustrial de Ibn Jaldún la historia sigue lógicamente una sucesión cíclica de guerras tribales -con ayuda extranjera- por la posesión y administración de las rentas estáticas y no productivas que se acumulan en la capital. Así fue también la historia de Noruega durante siglos.

Hay razones para ser optimistas. Las mentalidades y las instituciones cambian de forma relativamente rápida cuando se modifica la estructura de las actividades económicas. Los viajeros ingleses a Noruega a principios del siglo XIX veían pocas posibilidades de desarrollo en aquel país atrasado de granjeros borrachos; pero cincuenta años después era mucho lo que había cambiado. El profesor de Harvard David Landes utiliza una cita del Japan Herald de 1881 para subrayar la misma cuestión: “No creemos que todos (los japoneses) se enriquezcan algún día: las ventajas conferidas por la naturaleza, con excepción del clima, y el gusto por la indolencia y el placer de la propia gente lo prohíbe. Los japoneses son una raza feliz, y al contentarse con poco no es probable que se esfuercen por conseguir mucho más”. La dirección básica de la flecha causal del desarrollo es la descrita por Johann Jacob Meyen en 1769: “Se sabe que las naciones primitivas no mejoran sus costumbres y hábitos para hallar más tarde industrias útiles, sino justamente al revés”. El cambio de mentalidad acompaña al cambio en el modo de producción.

Pero también hay razones para ser pesimistas, y ese pesimismo está relacionado con lo que Moses Abramovitz señalaba como el tornadizo sesgo del cambio tecnológico. Las diversas tecnologías tienen distintas características. Por ejemplo, la tecnología de la información hizo posible que empresas relativamente pequeñas desarrollaran programas conocidos como “aplicaciones asesinas” -esto es, de éxito avasallador- con los que pudieron hacer rápidamente mucho dinero. Los negocios de la biotecnología, en cambio, se desarrollan muy lentamente, y en conjunto el sector ha perdido dinero. Hay muchas razones para creer que esto es consecuencia de algo más que hallarse en una etapa más o menos avanzada de madurez tecnológica. Hace unos años formé parte del tribunal que debía juzgar una tesis doctoral en Cambridge, en la que una joven estadounidense señalaba que mientras que la tecnología de la información había devuelto el poder económico mundial a los Estados Unidos, la naturaleza muy diferente de la biotecnología podría adaptarse mejor a la estructura económica japonesa con sus grandes conglomerados industriales (keiretsu), que podrían emplear la misma biotecnología en muchas áreas, desde la fermentación de cerveza a la fabricación de medicinas. En la terminología de Abramovitz nos hallamos ante sistemas tecnológicos con diferentes “sesgos” en relación con la escala: una idea plausible con importantes consecuencias para explicar el desarrollo desigual.


A mi juicio lo más importante fueron varios mecanismos que surgieron de la gran diversidad y fragmentación de Europa (geográfica, climática, étnica y política). Esta diversidad y fragmentación -que solía estar ausente en los grandes imperios asiáticos- creó un gran depósito de nociones y planteamientos alternativos en el “mercado” de las ideas, y fue el punto de partida de la rivalidad que generó la continua emulación entre los diferentes Estados y países. La historia de Europa muestra ante todo cómo la política económica pudo superar las formidables barreras a la riqueza derivadas de la geografía, el clima y también la cultura. Los viajeros que llegaban a lugares distantes como Noruega hace doscientos años, por ejemplo, no creían que el país fuera capaz de desarrollarse más.

La estrategia básica que hizo a Europa tan uniformemente rica fue lo que los economistas de la Ilustración llamaban emulación, y la gran “caja de herramientas” que se desarrolló con ese fin. El Diccionario de la Real Academia Española define “emulación” como el “deseo intenso de imitar e incluso superar las acciones ajenas”. La emulación es esencialmente un esfuerzo positivo y activo, a diferencia de la envidia o de los celos. En la economía contemporánea la emulación encuentra un equivalente aproximado en los términos alcanzar y superar que el economista estadounidense Moses Abramovitz (1912-2000) emplea en el mismo sentido de acicate y competición dinámica.

La economía moderna recomienda una estrategia basada en las “ventajas comparativas” que constituyen la espina dorsal de la teoría del comercio internacional de David Ricardo: cada nación debe especializarse en aquella actividad económica en la que es relativamente más eficiente. Tras la conmoción provocada por el lanzamiento de los primeros Sputnik en 1957, que puso en evidencia la ventaja con que contaba en aquel momento con respecto a Estados Unidos en la carrera espacial, la Unión Soviética, según la teoría ricardiana del comercio internacional, podría haber argumentado científicamente que la ventaja comparativa de Estados Unidos se hallaba en la agricultura, no en la tecnología espacial. Estados Unidos debería haberse dedicado por tanto a producir alimentos mientras la Unión Soviética se dedicaba a la tecnología espacial. Pero en este caso el presidente Eisenhower optó por la emulación en lugar de la ventaja comparativa. La creación de la NASA en 1958 fue una medida política en el mejor espíritu de la Ilustración -con el fin de emular a la Unión Soviética- pero totalmente contraria al espíritu ricardiano. De hecho, la economía ricardiana ha generado elementos de lógica autorreferencial que evocan las peores caricaturas del escolasticismo. Dado que la dinámica que crea la necesidad de emulación ha quedado eliminada de la teoría, el marco ricardiano da lugar a conclusiones políticas contrarias a la intuición. Los elementos dinámicos del progreso y el cambio tecnológico derivados de la lógica intuitiva de la emulación, contrapuestos a una especialización estática, están simplemente ausentes.

Incluso en mi propio país, Noruega, la idea de que la industrialización contribuiría a construir el país fue extremadamente importante. En 1814, a raíz de las guerras napoleónicas, Noruega fue cedida por Dinamarca a Suecia. En junio de 1846 el parlamento británico aprobó la famosa derogación de las Leyes del Grano que eliminaba las restricciones a su importación, un acontecimiento celebrado hoy día como el gran avance del libre comercio. Pero se habla poco de lo que sucedió a continuación. En marzo de 1847, menos de un año después del “gran avance”, la comisión arancelaria sueco-noruega presentó un informe en el que los miembros noruegos preconizaban un aumento de los aranceles sobre los artículos suecos, mientras que Suecia, la “potencia colonial”, pretendía una unión aduanera plena. Uno de los argumentos empleados era que el tesoro noruego necesitaba los ingresos aduaneros, pero como dice el historiador noruego John Sanness, “el argumento principal era que la endeble industria noruega se habría visto asfixiada si no contaba con protección aduanera frente a la industria sueca, más fuerte y madura”. Al final Noruega obtuvo esa concesión, y todos estuvieron de acuerdo en que su efecto había sido beneficioso. El gran debate de la época sobre política económica no era si había que proteger la industria -algo en lo que estaban de acuerdo casi todos- sino cómo se debía realizar esto. Hoy día la endeble industria del Tercer Mundo se ve sofocada por el mismo libre comercio del que Noruega se pudo defender durante un siglo. El hecho de que Noruega necesite hoy día el libre comercio no significa que lo necesitara hace ciento cincuenta años, ni que los países pobres lo necesiten ahora.

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