jueves, 30 de diciembre de 2010

ave maría

Sus rabias y resignaciones son el eco de un espíritu de polémica y de renunciación.

¿No serás tú más que un error del corazón, como el mundo es un error del espíritu?

¿Serías únicamente una pasión fugitiva, una moda del espíritu?

Hay quien se pregunta aún si la vida tiene o no un sentido. Lo cual equivale a preguntarse si es o no soportable. Ahí acaban los problemas y comienzan las resoluciones.

Ave maria, madre, quien no ha frecuentado nunca a los poetas ignora lo que es la irresponsabilidad y el desorden del espíritu.

Cuando se les trata a los poetas se experimenta el sentimiento de que todo está permitido. Comprenderlos es una gran maldición, pues nos enseñan a no tener ya nada que perder.

Los santos, dirigiéndose a alguien, en su caso a dios, limitan fatalmente su genio poético.

Lo indefinido de la poesía son precisamente los estremecimientos sagrados sin dios. Si los santos hubieran sabido lo que su lirismo perdía con la intrusión de la divinidad, habrían renunciado a la santidad y se habrían convertido en poetas.

Lo que me interesa en la santidad, quizá sea el delirio de grandeza que esconde detrás de sus delicadezas, los apetitos inmensos disfrazados de humildad, la insatisfacción que oculta su caridad.

Pues los santos han sabido explotar sus debilidades con una ciencia propiamente sobrenatural. Sin embargo, su megalomanía es indefinible, extraña, turbadora.

Admiramos sus ilusiones, simplemente. De ahí esa compasión...

Ave maria, madre.

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